El milagro de la Navidad

El burrito sabanero se ha debido perder ya a la vuelta de Belén: entre lo lejos que está aquello y que empezamos a mandarlo para allá a la altura de octubre o noviembre, el animal debe tener los gemelos como Roberto Carlos (el lateral, no el cantante). Las academias de inglés y baile, los gimnasios y los vendedores de coleccionables agradecen que, al fin, llegue la cuesta de enero. Son los únicos, como los libreros en septiembre, que celebran que al fin ha pasado todo.

Ya podemos olvidarnos de nuestros padres hasta marzo y nuestras madres hasta mayo. Esos días en que son los mejores del mundo y en que todos los queremos, eso si, fotopostureo mediante. Hasta entonces, podemos ir reduciendo la intensidad de los encuentros familiares. No es necesario, tampoco, que quede con los amigos o los llame por teléfono, al menos, hasta diciembre.

Tampoco es preceptivo ni necesario que su compañero/a de trabajo le caiga bien, o el imbécil que nunca da los buenos días en el garaje de la comunidad. Esto tiene dos claras demarcaciones espacio tiempo: entre el 7 de enero y el 14 de diciembre los mataría con regusto, pero entre el 15 de diciembre y el 6 de enero nos dejamos llevar por el espíritu del Niño Jesús y hasta nos abrazamos y brindamos, por supuesto, con el tukituki del burrito de fondo.

Y ahora viene el verdadero milagro de la Navidad. Desde esta semana, verá como no nos acordamos de los que tienen hambre, agonizan en los hospitales o de los niños que viven en hogares donde un peluche es un lujo inalcanzable. Todos los enfermos de las plantas de Pediatría sanan y no hay problemas en las residencias de ancianos.

Ya no importa que Jesús el Nazareno naciese en Belén, hoy tierra convertida en una herida contínua y lacerante en el corazón de la humanidad. Lo de Paiporta o Aldaia empieza a olvidársenos, como se nos olvidó La Palma: aquella isla tan hermosa que hasta el infierno quiso conocer, aquella tierra a la que no íbamos a abandonar pero que al final levantarán los palmeros, solitos como la una. A la hora de comprar en el super, naranjas del quinto carajo o bananas del mismo sitio, que por unos céntimos se nos descuadra el asunto.

Hemos vuelto a la normalidad. La Navidad ha terminado, y se ha llevado con ella todos estos problemas y algunos más. O eso, o las fiestas en honor del más humilde de los niños que nacieron aquella noche se han convertido en el más claro reflejo de nuestra hipocresía como sociedad. Conste que quien escribe esto lo firma entonando el mea culpa.

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