El factor humano
El hijo más ilustre de Cremona murió a los 93 años llevándose consigo un gran secreto que, siglos después de su muerte, la humanidad sigue tratando de descifrar. Antonio Stradivari, que entró en la inmortalidad con el nombre de Stradivarius -latinizado- es el lutier más importante de la historia de la música. Sus violines son auténticas obras de arte, piezas únicas y carísimas, que forman parte de diversos patrimonios nacionales por la gran calidad de su sonido.
Para que nos hagamos una idea: apenas hay colecciones en todo el mundo accesibles al público. La del Palacio Real de Madrid es una de ellas. Alguna de las subastas realizadas en el presente siglo superó los tres millones de euros de precio. El precio de un violín que no lleve su firma puede oscilar, en la actualidad, entre los 400 y 4.000 euros.
Se ha estudiado absolutamente todo para imitar al gran hacedor de violines. Desde la posibilidad de que emplease barnices con una fórmula secreta -las piezas estudiadas por la ciencia, obsesionada con el Eureka, han sido sometidas a Rayos X- hasta el tipo de madera en función de la región de Italia de la que fuera extraída.
También se estudiaron las temperaturas, puesto que en la época en la que le tocó vivir y trabajar, al bueno de Antonio le tocó sufrir un desplome mundial de las temperaturas, una especie de glaciación. Pero los intentos de imitar la construcción de esos violines, y que tengan un sonido tan perfecto, tampoco han desdeñado usar materiales a temperaturas parecidas a aquellas. Se han conseguido buenos violines, pero no se ha llegado al nivel de excelencia, ni aún sometiendo las nuevas piezas a los mismos grados. Tampoco se ha desdeñado usar la misma estructura ni el mismo orden que dejó el maestro, como talar leñas de la misma región y de árboles a la misma altura, y en la misma época en la que el dejó escrito que lo había hecho. Superar a un Stradivarius es la gran asignatura pendiente de la historia de la música mundial.
Simplemente, se trata del factor humano. La sutileza con la que trató sus instrumentos. El tacto, la sensibilidad de sus manos. Irrepetible, como lo es cualquier vida humana. A veces pienso en esta historia y constato que, en la batalla entre inteligencia artificial y trabajo hecho por humanos que se nos avecina para los próximos años, ganaremos los hombres y mujeres de carne y hueso. Un debate que esta semana, desde que el histriónico dueño de X y medio mundo se presentase como el nuevo líder del planeta, he tenido muy presente. Salvo en alguna película del final de mi infancia, no recuerdo muchos más precedentes de máquinas capaces de sentir. La I.A. será una herramienta. Pero, por mucho quebranto que ocasione -lo hará- en los próximos años, no será capaz de imponerse a la máquina más invencible, precisamente, por imperfecta: el ser humano.