1984
En política se recomienda hacer de todo menos el ridículo. Y últimamente no es que este abunde en la cosa pública, sino que parece envolver todo detalle más allá del eterno ‘pues tu mas’ que nos acompaña en los debates parlamentarios de un tiempo a esta parte. Pongo un ejemplo de lo que estoy diciendo, para que vayamos entrando en materia. Karla Sofía Gascón.
Hasta hace unos meses, les reconozco que no había oído hablar de ella. Pero entre Festival de Cannes por aquí, nominaciones al Globo de Oro y al Oscar por el otro lado, empecé a interesarme por su biografía. Y sus legiones de seguidores y detractores destacaron que es transexual, además de una actriz que al parecer ha realizado un papel magnífico en un narcomusical llamado ‘Emilia Pérez’. Que no he visto, pero que como el agua trae algo si la bendicen, procuraré contemplar en cuanto me sea posible.
A lo que iba: cuando a Gascón la nominaron hasta a mejor octavilla de comparsa, no faltó quien repitiese a cada momento que hablábamos de la primera mujer transexual. Al unísono: la primera mujer trans por aquí, ejemplo de superación por ahí, visibilidad por el otro lado. Llegó un momento en que, salvando las distancias entre una actividad y otra, la sensación era la misma que cuando Lamine Yamal ofreció su gran carta de presentación al planeta fútbol: no sabíamos si lo importante es que estaba naciendo el mejor jugador de la próxima década o que fuera hijo de emigrantes marroquíes. Uno tenía la duda de saber si se premiaba el trabajo artístico o a la transexual. Cuando se preguntaba eso se decía que, evidentemente, lo artístico. Que a ningún cuñado mononeuronal como a mi se le ocurriese dudar del excelso trabajo interpretativo de Gascón pero sin olvidar que es trans.
Pero mire usted por donde, Gascón tenía un pasado. Y comentarios, desde luego completamente desafortunados, sobre determinadas cuestiones, en relación a la inmigración o a los hijos de Piqué y Shakira publicados en X, la barra del bar de nuestro tiempo donde en vez de jugar al dominó y contar chistes de rubias se retuitea. Y quienes antes nos repetían hasta en la información meteorológica que Gascón iba a ser la primera transexual en ganar un Oscar, ahora no quieren ni verla. De hecho: es madrileña y se le ocultó en la fiesta (¿?) del cine español del pasado sábado, no sea que alguien se nos enfade.
Hipocresía. En grado sumo: ni antes era tan buena actriz ni ahora es ‘esa señora de la que usted me habla’, como diría Mariano Rajoy. Ni antes era un ‘travelo detestable’ ni ahora un símbolo de libertad. Un juguete roto, me temo, otro más en la escalada del ‘todo vale’ en que se ha convertido la vida política. Y así hasta el siguiente caso de persona a la que primero se encumbra y ataca y luego es encumbrada por quienes la atacaron y atacada por quienes la encumbraron, no por ideales sino por la conveniencia del momento.
Mientras reflexionaba sobre esto, me volví a convencer de que ‘1984’ no es un libro que haya que leer una vez en la vida. Al menos, hay que hacerlo una por año.