Es justo y necesario
No suelo acudir a misa más que por asuntos profesionales o compromisos personales. La última ocasión, esta misma semana, para dar un abrazo a un buen amigo que ha sufrido una gran pérdida. Yo fui monaguillo de África, de don José María Béjar Sánchez -altivo, mal encarado, pero cumplidor hasta el milímetro con aquello de saciar el hambre y sed ajenas-, y confieso que llegué a aquello más por una necesidad de distracción que por un acto de fe. Mis amigos iban, y ya se sabe que cuando se tienen quince años, uno es como aquel Vicente que sólo va donde acude el resto de la gente. Y más si hablamos de esa etapa de la vida en la que uno es una hormona con patas y descubre que las chicas que se iban a confirmar eran guapas a rabiar. Lejos de descubrir al amor de mi vida acabé vestido de blanco y ayudando al sacerdote cordobés en cuestiones litúrgicas. Tengo además el dudoso honor, junto a un par de amigos, de haber sido expulsado del altar en plena misa. En un momento de silencio y reflexión, el transistor que uno de nosotros llevaba oculto cantó un gol del Barça al Deportivo de La Coruña, en la temporada que acabó con el penalti de Djukic al que suele aferrarse Juan Vivas como metáfora de vez en cuando. Demasiada travesura de aquellos desvergonzados monaguillos para un sacerdote que no entendía la importancia del “juego ese del demonio que os tiene tontos perdidos”: solo se evadía de sus labores con Manuel Benítez ‘El cordobés’. Que de aquella ya llevaba décadas retirado…
De aquel período de mi adolescencia me quedaron un buen puñado de amigos, una gran crisis de fe tanto en Dios como en los hombres cuando Ruanda se desangró avergonzando al mundo entero, el gusto por la música sacra (el Salve Regina me parece, en efecto, un regalo divino) y una serie de frases que repetir sin pararme a pensar el significado de las mismas. Una de ellas tiene una practicidad apabullante: es justo y necesario. Da la medida adecuada para adornar una reivindicación justa, una decisión adecuada, una idea apropiada.
Reflexionaba sobre esto mientras veía las últimas noticias que llegan en relación a la sumisión (perdón, acuerdo de progreso) del Gobierno a JxC. De no ser por la cuestión identitaria, los del cobarde Puigdemont (la diferencia entre quien huye escondido en el maletero de un coche y quien asume, como Junqueras su responsabilidad, es enorme), estarían a la extrema derecha de VOX. La última es tener participación en la gestión de la inmigración. Nada de MENAS, nada de inmigrantes en Cataluña. Y el Gobierno traga…
Del PP no espero más que algún recurso ante el Constitucional, alguna manifestación sonada en defensa de la unidad nacional y un puñado de declaraciones altisonantes. Llega esto mientras el mundo se dirige a los tres bloques profetizados por Orwell en 1984 y en un momento en que llenar la cesta de la compra en España y vivir para contarlo es una auténtica hazaña.
Mientras, Alemania vuelve a darnos una lección: programa, objetivos comunes y que gobierne el más votado. Pero el país antes que el partido. Llegados a este punto, creo que lo mejor es que PP y PSOE, PSOE y PP se den cuenta de una puñetera vez que el régimen de 1978 ha muerto. La Constitución sigue vigente, y el espíritu constitucional debe seguir estándolo.
Con un país que es un páramo energético (hemos puesto nuestros principales recursos en manos francesas o italianas; congelamos activos a Putin mientras le compramos gas, y así hasta el infinito), una juventud que ve con más claridad su futuro en Australia, China, EEUU o Sudamérica y una clase política entregada al arbitraje de los extremistas y una deuda para un par de siglos, el panorama no es halagüeño. Creo que es necesario que PP y PSOE, PSOE y PP demuestren que en verdad les mueve más el amor por el país que el odio al contrario. Controlan entre ambos el 80% de los ayuntamientos del país, y en las autonomías, donde no Gobiernan sustentan al Ejecutivo. ¿A qué esperan, pues, para asumir que ha llegado el momento de hacer renuncias, cambiar algún liderazgo y enviar un mensaje de unidad? Pactar grandes reformas, por muy doloroso que les pueda ser a ambas partes y no solo invocar sino reeditar el gran pacto de 1978. Carrillo y Fraga, enemigos íntimos, pudieron hacerlo. ¿Qué no quieren, por altivez, Sánchez y Feijóo?. Qué pasen los siguientes.
¿ilusorio por mi parte?. Posiblemente. ¿Sería adecuado?. El mundo gira y España sigue danzando al borde del precipicio. Ya lo dice el texto de la misa: en verdad, es justo y necesario.