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Domingo, 16 de octubre de 2016

El virus del Doce de Octubre

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Hace un par de meses estaba viendo una película de Hollywood bastante intrascendente cuando de repente sucedió algo en la trama que me impactó y despertó lo que me atrevería a calificar como envidia. No envidia sana, no, la envidia sana no existe más que para suavizar nuestras conciencias, me refiero a envidia de la cochina. La escena se desarrollaba entre los muros de una prisión, con delincuentes de todas las calañas, con reyertas, chanchullos ilegales y todos los tópicos del ambiente carcelario. En un momento dado suena en la megafonía general de la instalación el himno de los EE.UU. como preludio a un acontecimiento deportivo y todos, absolutamente todos los reclusos, la gente que representa lo peor de lo peor del país, se mantienen quietos en actitud de respeto, con total normalidad.

 

Siempre he sido muy crítico con la sociedad norteamericana, quizás porque suelo ser muy crítico en general con el mundo que me rodea. He criticado su profunda ignorancia sobre cultura general, sobre historia y geografía fuera de sus fronteras, su racismo, sus políticas sociales, su permisividad con las armas de fuego, su carácter prepotente y obsesivo por el sueño americano, pero reconozco que admiro el sentimiento patriótico que rezuman, el orgullo con el que defienden su nación, con el que se unen cuando hay adversidades. Y tengo envidia precisamente porque los españoles carecemos de él.

 

Si exceptuamos las épocas de euforia futbolística, básicamente en años de Eurocopa y de Mundial, es extremadamente raro encontrar una bandera de España colgada por los balcones de las ciudades españolas. Y cuando lo hacemos, el primer pensamiento que a muchos les viene a la mente es… “ahí vive un facha”.

 

Ensalzar la bandera resulta una dolencia acotada a una parte de la población, no apta para todo español, un virus que podría ser contagioso. Vivimos en un país en el que casi da vergüenza reconocer que se es español. Y me indigna hasta límites insospechados el desprestigio constante que algunos españoles se empeñan en mostrar hacia España, siempre de manera errónea, confundiendo el atacar a un gobierno o a unas siglas políticas con atacar a la nación y al prestigio de España. Es frecuente ver cómo muchos, en su afán por intentar defender sus postulados ideológicos o incluso por intentar denunciar un problema concreto del país no tienen ningún escrúpulo en soltar frases como “me avergüenza ser español”.

 

Hablaré de manera breve sobre las razones que se suelen esgrimir para ese descontento y vapuleo constante al sentimiento patriótico de los españoles, a la vez que dejaré un par de datos objetivos. Voy a dejar de lado las referencias al mundo independentista catalán y vasco, porque es un tema que merece análisis aparte, así como tampoco valoraré ocurrencias casi caricaturescas como la de quitar la estatua de Colón en Barcelona por sus, palabras textuales, “connotaciones colonialistas, esclavistas y de nacionalismo rancio” (por no mencionar la palabra “genocidio”).

 

La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) revela algo que se percibe en las calles: las preocupaciones principales de los españoles son, por este orden, el paro, la corrupción, los políticos, los problemas económicos y la falta de gobierno. Esas cinco cuestiones, más el tema de la inmigración, los toros, la Guerra Civil y la dictadura (y algún detalle más), son el caldo de cultivo adecuado para algunas almas ociosas empiecen a gestar una buena campaña antiespañola.

 

Cuando se aborda cada uno de estos problemas en charlas de calle, dependiendo del número de cervezas que se lleven encima y de la orientación política de cada uno, es muy frecuente que alguno de los contertulios acabe con la consabida frase del asco que le da España, que eso por ahí no pasa. Acto seguido, se tiende a comparar y dar como ejemplo de bondad absoluta el nombre de algún país (nórdico o escandinavo por regla general), como si en ellos residieran las Virtudes de la Humanidad, como si en ellos no existiera la aversión a la inmigración ilegal de refugiados que está llegando en tromba a Europa y no se estuviera despertando un racismo insospechado hasta ahora, como si en ellos no hubiera habido nunca casos de corrupción, como si en ellos los españoles que vamos a trabajar lo hiciéramos mayoritariamente en puestos dignos en grandes empresas y no fundamentalmente en trabajos marginales de hostelería, restauración y limpieza, trabajos que ellos no quieren hacer, como si todos esos países que ponen como ejemplos no tuvieran un pasado cruel, injusto, esclavista, de guerras y conquistas constantes, como absolutamente cualquier país del mundo, como si esos países no hubieran tenido nunca crisis económicas, devaluaciones de monedas, inflación (la inflación galopante de Alemania durante la segunda mitad del siglo XX es un buen ejemplo). Pero no, de pronto parece que España para muchos es un país vergonzoso y hay que alabar a otros países.

 

Estaremos de acuerdo que tenemos problemas: ¿Qué sucede con el paro? ¿Qué pasa con la corrupción y los políticos? ¿Qué ocurre con la competitividad de nuestras empresas y con nuestro modelo productivo tan sensible a los movimientos del turismo internacional? ¿Y Franco, ha muerto del todo o todavía nos gusta recrearnos en dar datos de cuántos de nuestros abuelos o bisabuelos murieron en uno u otro bando?

 

Vayamos paso a paso. El paro, la situación económica y el modelo productivo son problemas estructurales de España. Todos los países tienen problemas económicos de distinta índole, los nuestros son esos. Y como son nuestros problemas tenemos la responsabilidad de afrontarlos y solucionarlos, o al menos mitigarlos.

 

En cuanto a la corrupción, empezamos a hurgar en la herida que más nos duele. Hace más de un año escribí un artículo centrado exclusivamente en este tema. En él hablaba de lo especialmente duro que nos han resultado todos estos casos de corrupción, no porque no supiésemos que existían, sino porque se han juntado con la crisis económica. Somos así de hipócritas, es una característica muy española. Y la corrupción no es la corrupción de la clase política, es la corrupción de todos los españoles, que en algún momento hemos sido cómplices de la corrupción por omisión.

 

Intentemos hacer un ejercicio de autocrítica. Somos conscientes de que muchos españoles en algún momento han comprado algo o han hecho alguna reparación o trabajo sin factura o sin pagar el IVA, muchos en algún momento han pedido a un amigo o familiar el favor de ver si había algún hueco en tal o cual Ayuntamiento para su hijo, o su sobrina, o su nieto, muchos son los que alguna vez han preguntado a su asesor fiscal si había algún gasto que deducir para pagar menos impuestos, todos conocemos a quien no ha querido aceptar un trabajo porque estaba más cómodo cobrando el paro, o recibiendo tal o cual subvención agraria a la vez que hacía sus chapuzas en negro… porque así somos los españoles. Pero no ha sido hasta que la crisis nos azotó con fuerza hace ya ocho años cuando empezamos a vivir no tan bien como antes, y entonces dirigimos nuestras miradas a la corrupción de los que más tenían. La corrupción de los políticos y poderosos es la que se ha dejado ver en toda su amplitud y crudeza. Los casos se han ido multiplicando y siguen saliendo. Pero seguimos sin reconocer que todo lo que ha salido es el reflejo de nuestra propia sociedad, culpando a unos pocos y exculpando a la mayoría.

 

Esa es la mayor falacia de la corrupción en este país. España ha soportado tanta corrupción porque la sociedad lo ha consentido hasta que ya no ha podido soportarlo. El aspecto positivo de lo que está ocurriendo ahora es que ya no queremos seguir ocultándolo. Si todo esto está sirviendo para que la corrupción empiece a no tolerarse, que los corruptos paguen y que en definitiva la sociedad cambie, bienvenido sea.

 

Si hablamos de la clase política, debemos empezar a tener criterio y conciencia cívica al elegirla, no insultándola ni escapando de ella, sino controlándola y eligiéndola en las urnas. Incluso estamos empezando a facilitar la aparición de nuevas formaciones y modelos políticos, algo que es sano. Es el único modo de impulsar cambios que necesitamos. Quizá el político actual deba dejar de tener un perfil menos “político” y más “gestor”. A mi modo de ver, la política tiene que sufrir un cambio de modelo. Creo que es hora de empezar a dejar un poco al margen al político carismático que arrastra a las masas exclusivamente por su vehemencia y su dialéctica y empezar a potenciar al político formado, al político que añada un plus de experiencia gestora, que sepa lo que hace y que no actúe guiado por el populismo y el rédito electoral. Pero para eso se necesita que el ciudadano se implique, que esté informado y que alce la voz cuando la gestión no sea buena. No sirve la desidia en la que se instalan muchos ciudadanos de ni siquiera ir a votar. El hartazgo hay que materializarlo, no basta con quedarse quieto.

 

Voy a intentar no extenderme mucho más, y dejaré para otra ocasión algunas otras razones que se suelen dar para renegar de España porque son merecedoras de artículos propios. Pero sí voy a intentar exponer mis conclusiones.

 

Cualquier problema que tenga mi país es un problema que me atañe a mí, que nos atañe a todos y que todos debemos intentar solucionar. Es relativamente fácil renegar de tu país y bendecir a otros sin ser igual de crítico con esos otros países que, digámoslo claro, tienen sus propias miserias. Por eso yo no tengo razones para no querer no ser español. Yo sólo tengo razones para querer mejorar España.

 

Les voy a dar algunos datos: existen aproximadamente unos doscientos países oficiales en el mundo, con mayor o menor reconocimiento internacional. Según la OMS, España es el cuarto país del mundo en esperanza de vida, tras Japón, Suiza y Singapur. Según un estudio de la compañía de software financiero y noticias Bloomberg, este último año España es el primer país de Europa y el tercer país del mundo en eficiencia de su Sistema Sanitario, por detrás de Hong Kong y Singapur. Estamos entre los tres primeros países con mayor número de visitas turísticas en todo el mundo. Poseemos un clima, una gastronomía y un patrimonio cultural y patrimonial que todos conocemos y por los que somos la envidia de nuestro entorno. Los jubilados de todos esos países que solemos poner como ejemplo de virtuosismo, eligen España para retirarse y pasar su vejez, compran su residencia y se retiran a vivir aquí, por razones de todo tipo, pero fundamentalmente porque saben que están mejor que en sus propios países. Hemos dejado un legado cultural difícilmente igualable en la mayor parte del continente americano. Seguimos siendo referencia para muchos países y un puente de conexión e influencia política importantísimo entre Europa y Latinoamérica, e incluso entre Europa y el Norte de África, algo de lo que casi ningún país, por no decir ninguno, puede alardear.

 

Discúlpenme, pues, si les digo en los aledaños de la fiesta nacional de todos los españoles (menos los de Badalona), sin Eurocopa ni Mundial de por medio, dejando al lado prejuicios y complejos del franquismo (el día que eso se acabe se les acabará el chollo ideológico a muchos) y sin ánimo de que se me confunda con Alfredo Landa volviendo de Alemania… que debo de haberme contagiado del virus porque me siento muy orgulloso de ser español.

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