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Martes, 25 de octubre de 2016
75 AÑOS DE AUSCHWITZ

La industria alemana: el arma del III Reich

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La fábrica adyacente de I.G. FARBEN, productora del letal Zyklon B, había sido repetidamente bombardeada semanas antes.

 

De los dos consorcios que hicieron técnicamente posible el gaseamiento e incineración de centenares de miles de personas no quedaron más que resquicios chamuscados y algunos documentos incompletos. Los últimos oficiales de las SS se emplearon a fondo en borrar huellas antes de abandonar a su suerte a los últimos 7.650 prisioneros de Auschwitz.

 

Sin embargo, años de colaboración con el burocratizado III Reich no podían acabar con ingentes cantidades de albaranes, hojas de pedidos y demás correspondencia propia del macabro comercio que unió a clientes y empresa.

 

TOPF & SÖHNE, firma especializada en la fabricación de modernos hornos incineradores, inició su colaboración con el Régimen en 1939, erigiéndose en su suministrador para los crematorios de Auschwitz, Dachau, Buchenwald y Mathaussen.

 

Los vínculos de I.G. FARBEN con el poder se remontaban mucho más atrás: ya en 1915, en colaboración con sus empresas afines – Agfa, Basf y Bayer- posibilitó el primer ataque químico de Alemania , en plena I Guerra Mundial. El balance de la prueba piloto fue de 5.000 muertos.

 

I.G. FARBEN pasó de servir al último Kaiser , Guillermo II, a hacerlo con el nuevo Führer. Entre 1933 y 1938 contribuyó al poderío del Partido Nacionalsocialista (NSDAP) con donativos del orden del millón de marcos. El abrazo “fraterno” fue recompensado con creces: en 1941, el III Reich entregó al consorcio hasta 30.000 prisioneros que iban a estar destinados a trabajos forzosos. Veinticinco mil de estos prisioneros murieron, pero ello poco importaba. I.G. FARBEN fabricó desde las ruedas de los “Stukas”de la Luftwaffe hasta el gas letal de las cámaras de gas.

 

Para optimizar las contraprestaciones, I.G. FARBEN levantó una factoría en Monowitz, a escasos kilómetros de Auschwitz, el lugar elegido por el comandante de las SS, Rudolf Höss , para construir el mayor campo de exterminio del Reich.

 

A finales de Otoño de 1941, se llevó a cabo la primera operación de gaseamiento en Auschwitz. Ochocientos noventa y ocho confinados, la mayoría prisioneros de guerra soviéticos , eran sometidos a la aún técnicamente precaria descarga de Zyklon B, gas letal suministrado por la marca Degesch, cuya patente y accionariado mayoritario correspondía a I.G. FARBEN.

 

Para Rudolf Höss la prueba fue satisfactoria. Mejorando el sistema de gaseo y aislamiento se podía exterminar a 1.500 personas con sólo seis cartuchos de Zyklon.

 

Se trataba ahora de acelerar el proceso posterior de incineración. Es ahí donde entró de nuevo en función TOPF & SÖHNE. En 1943, la fábrica de la muerte de Auschwitz estaba ya perfectamente equipada. Cuarenta y seis cámaras incineradoras garantizaban la eliminación de 4.700 cadáveres en veinticuatro horas. El volumen de facturación de I.G. FARBEN alcanzó la cifra récord de 706 millones de marcos en beneficios.

 

Según confesaría el propio Rudolf Höss en el Juicio de Nuremberg en 1946, el consorcio químico había suministrado más de 10.000 cartuchos de Zyklon B en sólo tres años, suficientes para gasear a más de dos millones de personas. Ello , sin olvidar las partidas de gas Tabum , utilizado por la Wehrmacht hitleriana.

 

“Doy por sentado que la empresa proveedora sabía a qué estaba destinado el material”, declaraba sin dudarlo el comandante de las SS ante el tribunal formado por las fuerzas aliadas vencedoras.

 

Höss reconocía asimismo haber supervisado personalmente el gaseamiento de dos millones y medio de víctimas mediante el gas Zyklon B (ácido cianhídrico cristalizado) que se lanzaba en el interior de las cámaras de la muerte tras cerrar las compuertas.

 

También TOPF & SÖHNE era conocedora del destino de sus crematorios. Tres de los ingenieros destinados al montaje y puesta en funcionamiento de los hornos así lo confesaron ante la KGB , años después de la liberación del campo.

 

Pero por si tales pruebas fuesen consideradas aún dudosas, los informes diarios firmados por estos “fontaneros” del Régimen delataban con el frío vocabulario funcionarial el destino de los “vestuarios” y “duchas”, así como el número de prisioneros que los visitaban.

 

Himmler, el “cerebro” de los campos de exterminio nazis, había dado órdenes de detener los gaseamientos y desmantelar crematorios en cuanto se comprobó que el avance del Ejército Rojo sobre Auschwitz era prácticamente imparable. Sin embargo, uno quedó aún en pie hasta menos de veinticuatro horas antes de la liberación del campo de la muerte. Los esfuerzos destructores de los últimos SS en Auschwitz y Birkenau consiguieron acabar con sólo 29 de sus 35 archivos.

 

Resulta igualmente revelador el destino de los propietarios y responsables de la empresa. El 30 de Abril de 1945, el mismo día en que Hitler se suicidaba en Berlin, Ludwig Topf hijo hacía lo propio en su residencia de Erfurt. Su hermano y copropietario huía hacia el Oeste tras destruir parte de la documentación comprometedora, mientras que cuatro de sus ingenieros eran detenidos por las autoridades soviéticas. Sólo dos de ellos sobrevivieron.

 

Las propiedades, fábricas e instrumental de TOPF & SÖHNE e I.G. FARBEN – 151 millones de metros cuadrados – que quedaron en el sector oriental, fueron expropiados por las autoridades soviéticas una vez ocuparon la zona.

 

Las fuerzas aliadas occidentales, en cambio , fueron más benévolas a la hora de ajustar cuentas con los consorcios de la gran industria del III Reich. A Ernst Wolfgang Topf se le permitía abrir una empresa en Wiesbaden, destinada a la “preparación e incineración de cadáveres y restos humanos”. I.G. FARBEN quedó disuelta como tal consorcio, pero sus asociados – Agfa, Basf, Bayer y Hoechst – siguieron su trayectoria en solitario en favor de la reconstrucción de Alemania tras la guerra.

 

Los 24 directivos de I.G. FARBEN vivieron un proceso por crímenes de guerra que concluyó tras 152 vistas y unas leves condenas. En 1950 todos ellos estaban en la calle. El que había sido el mayor consorcio químico del mundo pagó 30 millones de marcos a la comunidad judía para compensar a supervivientes y familiares de aquellos 30.000 empleados en régimen de trabajo forzoso. Las víctimas de sus cámaras de gas quedaron apartadas de cualquier indemnización.

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