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Javier Ángel Díez Nieto
Lunes, 21 de noviembre de 2016

¡No me pregunten en un supermercado por algo!

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Sin duda los hombres somos unos taraos en cuanto a comprar en supermercados se refiere. ¡No nos engañemos...! ¡Esto es así! Y yo lo aprendí esta mañana. Bien voy a explicarme e intentar explicar mis pensamientos sobre ello. Espero hacerlo bien, porque como decía Aristóteles, si sabes algo y no sabes explicarlo es como si no lo supieras.

 

¡Bien…! Como iba a explicar. Esta maña de domingo mi esposa me dijo que fuera al supermercado a comprar varias cosas. Como practica que es y conociéndome bien, me lo dio todo bien escrito y en una nota, que guarde con espero en un bolsillo. ¡Cualquiera regresa a casa sin alguna de las cosas que ella me había dicho y escrito! Pero valiente yo y seguro con mi orden escrita en la mano, me acerque al supermercado próximo a mi domicilio.

 

Una vez allí, paso a paso sin saber recorría las curvas de los estantes bordadas con miles de productos iguales y al tiempo diferente, que se mostraban a mis ojos. Algunos pasos más y otro estante me despertaba con otras cosas. Porque en el fondo el supermercado no Es más que un largo intestino de calles llenos de estantes de alimentos, donde todos sabemos que entre tanta infinitud de cosas están aquellas que llevamos anotadas en nuestras notas. ¡Por cierto…notas siempre en la mano y analizadas cada segundo para no olvidarnos Y… ¡De verdad…! Con el corazón pesado de ver tantas cosas, apenas encontramos nada de lo anotado. 

 

Pobre y mísero de mí, observaba perdido entre tantos productos iguales, aceitunas con sabor anchoa, con sabor a jamón, auténticas sevillanas con hueso…etc…Pero la nota ordenante de mi esposa señalaba tozudamente que debían ser sin hueso. ¡Para hacerlo breve…! Mire, mire y no encontraba nada, más de quince minutos mirando los tarros iguales y sin verlas. Luego desesperado vi a una mujer que también miraba el mismo estante y yo desesperado le pregunte… ¡Ve usted las aceitunas sin hueso! Ella sin inmutarse y mirándome con compasión, extendió la mano y me entregó un frasco con aceitunas sin hueso, que tan inútilmente yo estaba buscando. ¡Quién demonios les dio ese don de la ubicación que ellas tienen de las cosas, y luego decimos que se pierden cuando las esperamos fuera…ya…ya…me gustaría ver a más de uno buscando lo que quieren en los supermercados y encontrarlo a la primera!.

 

Y así fue todo mi recorrido por el supermercado, yo mirando sin ver y ellas comprando casi de forma automática. Por ello desanimado miraba a mi alrededor y vi a muchos más hombres orgullosos comprando también con la misma cara de estupor y asombro. Y… ¡Todos tenían la misma cara de perdidos que yo! Y nos preguntábamos si habíamos visto determinada cosa. Y… ¡Todos teníamos una nota escrita en la mano! Y…todos mirábamos sin encontrar casi nada de lo que había escrito en ellas. Y en su compañía me sentí reconfortado en mi miseria compradora de supermercado.

 

Porque…entonces… me di cuenta que todos íbamos desorientados y que procurábamos regresar con todo lo escrito en las múltiples notas que volaban en las manos de todos. Y de esta forma Íbamos dirigidos a un sitio no a un punto, no a un lugar determinado, sino solo a una superficie de gran extensión, que llamamos supermercado y que solo Dios sabe cuál es la inteligencia que ordena los estantes. 

 

Y así, fue casi toda una mañana, para comprar seis cosas. Luego regrese a mi casa con la bolsa repleta reflexionando sobre lo que llevaba en sus cavidades y si era acorde con la nota recibida. Y considerando, de forma muy seria, que la próxima vez y dado que no tengo memoria para estas cosas… ¡Que no quiero perderme de nuevo en ese camino de la compra! Mejor que no me pregunten nada, sobre todo los hombres que llevan notas en la mano. Porque a mí me gustan los sitios diáfanos y claros, no los lugares y tiempos perdidos entre estantes desconocidos, donde nada esta donde yo quisiera que estuviesen.

 

¡Y que nadie me pregunte por qué! ¡Porque los demás hombres de mi alrededor tampoco sabrían cómo explicarlo! Solo sé que los hombres, salvo excepciones, somos unos tarados en los supermercados. ¡Mejor nos quedamos fuera, esperando a nuestras mujeres que hagan la compra….aunque nos cueste esperar y varios cigarros si es que fumamos! En fin… ¡Resignación ellas saben comprar mejor y más rápido! O sino, que editen una guía de cómo comprar en el supermercado para hombres despistados.

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