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Domingo, 22 de enero de 2017

70 años del comienzo de la ‘Guerra Fría’ (1947-1989)

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Se cumple en estos días de enero, el 70º aniversario del comienzo de la “Guerra Fría”, un período de la historia contemporánea y un término, una expresión, que se utilizó para designar en su día al complejo sistema de relaciones internacionales de la etapa inmediatamente posterior a la finalización de la II Guerra Mundial. Dicho sistema de relaciones, se plasmó en una pugna entre las dos superpotencias surgidas tras la contienda- EE.UU. y la URSS – por la hegemonía mundial, y la aparición de un abismo de hostilidad y temor entre los dos grandes bloques geopolíticos que habían heredado el espíritu de las Conferencias de Yalta y San Francisco.

 

El término Guerra Fría es de origen norteamericano. Lo inventó en 1947 el periodista Herbert B. Swope para su empleo en un discurso del senador Barnard M. Baruch. Lo recogió otro periodista, Walter Lippmann, que lo popularizó en una recopilación de sus artículos titulada ‘La Guerra Fría. Estudio de la política exterior de los Estados Unidos’. A finales de los años cuarenta, la expresión ya había ganado carta de naturaleza. Sus primeros teóricos o propagandistas, fueron dos políticos, estadounidense el uno, soviético el otro, que se convencieron antes que la mayoría de sus compatriotas, de que el tiempo de la cooperación, durante el cual los aliados buscaron, sin éxito, la profundización de los acuerdos alcanzados durante la guerra había pasado ya, y que se hacía precisa la adopción de una estrategia acorde al papel mundial de sus países y a las nuevas condiciones internacionales.

 

En marzo de 1946, al tiempo que Winston Churchill anunciaba al mundo la aparición en Europa de un telón de acero entre el este y el oeste, el embajador norteamericano en Moscú, George F. Kennan, remitió a sus superiores un informe de tonos apocalípticos. Kennan, un anticomunista visceral, trazaba un crudo análisis de la realidad internacional y de la política exterior soviética. Según él, la política norteamericana debía dedicarse a “contener con firmeza y vigilancia las tendencias a la expansión de la URSS”. Recomendaba, por tanto, hacer frente firmemente a los rusos y oponerles una resistencia donde quiera que pudiesen perjudicar los intereses de un mundo pacífico y estable.

 

Semejante punto de vista encontró ardientes defensores en EE.UU. y preparó el terreno para la formulación de la llamada doctrina Truman, un año después, y para la adopción de la política de represalia masiva por parte de la Administración republicana del presidente Eisenhower, en 1954.

 

En el lado soviético, el análisis de la nueva situación corrió a cargo de otro duro, Andrëi Jdanov, quien le dio estado oficial ante la conferencia fundacional de la Kominform –Oficina Internacional de Información-, creada en septiembre de 1947, para coordinar la actuación de los partidos comunistas bajo el liderazgo de la URSS.

 

Respondiendo a la doctrina Truman, Jdanov utilizó sus mismos argumentos pero dándoles la vuelta. También para el Kremlin resultaba patente la división del mundo en dos bloques: el campo imperialista y antidemocrático por una parte y el campo anti-imperialista y democrático por otra. En el primero se alineaban los EE.UU., sus aliados europeos y americanos y los Gobiernos anticomunistas de aquellos países que, como Grecia y China, vivían situaciones de guerra civil. Enfrente, bajo la dirección de la Unión Soviética, se situaban las nuevas democracias populares del Este europeo, los partidos comunistas de los países occidentales, los movimientos de liberación nacional de las colonias y el movimiento obrero y democrático de todos los países.

 

Las iniciativas de Kennan y de Jdanov enmarcaban a la perfección el nuevo estilo de las relaciones internacionales. Una guerra jamás declarada, cuyos argumentos no se esgrimían en el campo de batalla, sino en los foros internacionales, en los despachos de los estrategas, en las páginas de los periódicos y en los laboratorios de los científicos nucleares.

 

Durante la Guerra Fría, y dentro de lo que era un sistema bipolar rígido en el que no cabían las posiciones intermedias y los países se alineaban en torno a las dos grandes potencias EE.UU. y la URSS, la tensión permanente entre los dos bloques, motivada por la búsqueda del equilibrio estratégico en un mundo profundamente alterado por la II Guerra Mundial, se tradujo en un continuo rearme militar que halló su máxima expresión en la carrera nuclear de ambas superpotencias.

 

Se llegó a la práctica de una política de “riesgos calculados” destinada en un primer momento a la contención de los avances del adversario y luego a disuadirle de cualquier acto hostil, pero evitando provocar un conflicto a escala mundial. Esta política condujo a la continua aparición de puntos calientes – Corea, Berlín, Cuba etc. – donde los bloques midieron sus fuerzas.
 

 

ONU, como foro de discusión
La ONU asumió la tarea de convertirse en foro de discusión entre los bloques, último recurso ante las crisis y, a la vez, escenario de la propaganda de los adversarios. Con el paso de los años, Naciones Unidas se convirtió en una vital plataforma de diálogo en una época en la que el lenguaje internacional aparecía cargado de connotaciones bélicas.

 

¿Cuál fue el papel de EE.UU. en la Guerra Fría como líder del mundo occidental? Los norteamericanos no estaban preparados para asumir sin dilaciones el protagonismo que se le exigía. La grave crisis de posguerra en Europa y la magnitud del poderío militar ruso forzaron a los políticos y militares estadounidenses a improvisar un sistema de dominio sobre las zonas que denominaban “mundo libre” y otro de confrontación con sus adversarios soviéticos.

 

Los políticos de Washington basaron su estrategia ante la guerra fría en cinco puntos fundamentales:
-El sostenimiento de un enorme potencial militar propio , apoyado en un continuo esfuerzo de renovación tecnológico que supusiera por un lado, una garantía para sus aliados y por otro, contuviese al Ejército Rojo.

 

-La ayuda económica para la reconstrucción de los países afectados por la Segunda Guerra Mundial- Plan Marshall-, a cambio de amplias facilidades para la penetración económica y política de EE.UU. en dichos países.

 

-La ayuda militar a los aliados y a los países amenazados por la subversión comunista , mediante el envío de armamento, la cooperación técnica e incluso el estacionamiento de tropas.

 

- El cerco militar a la URSS y a sus aliados-satélites a través de los pactos militares- creación de la OTAN en 1949- y de una compleja red de base norteamericanas en el exterior, por ejemplo las españolas instaladas en Morón (Sevilla), Torrejón (Madrid) o Rota (Cádiz)

 

-La propagación en el mundo libre de una ideología anticomunista que convertía a EE.UU. en el defensor de los tradicionales valores de la civilización occidental.

 

Por lo que respecta a la URSS, la adopción de los métodos de confrontación de la Guerra Fría obedecía a dos principios básicos. El primero se basaba en la firme creencia de los soviéticos de que el capitalismo occidental no podría superar el caos subsiguiente a la Guerra Mundial.

 

Un documentado libro del economista húngaro Varga, publicado en la URSS en 1946, y que sostenía que el sistema capitalista se estaba recuperando y no sufriría una crisis de crecimiento, fue condenado como herético por los gerifaltes soviéticos y su autor sufrió los rigores de la persecución que Jdanov desarrollaba contra los intelectuales heterodoxos.

 

El dogma oficial de la crisis irrevocable del capitalismo de posguerra arraigó entre los ideólogos soviéticos y en 1959 el economista Nikitin escribía en un tratado de economía política que “ la realidad de nuestros días viene a confirmar la conclusión a que llegó Marx hace más de cien años acerca de que el modo de producción capitalista estaba condenado por la historia a desaparecer”.

 

El otro principio era de índole psicológica. La invasión alemana en 1941 había desarrollado en la conciencia colectiva un lógico complejo de autodefensa que los planteamientos de la Guerra Fría no hicieron sino aumentar.

 

Esta sensación de amenaza se transmitió a los países satélites, es decir a las llamadas “democracias populares”.

 

La URSS encaró la nueva época con una estrategia de confrontación basada en:
-El continuo aumento del poderío militar propio. En 1952 la Unión Soviética contaba con un ejército de 4,5 millones de hombres, y dedicaba el 80% del gasto público a sus Fuerzas Armadas. El fin prioritario de su política militar era superar el desarrollo tecnológico de EE.UU. y, sobre todo, crear un arsenal atómico capaz de “disuadir” a los países occidentales.

 

-La formación de un bloque militar –Pacto de Varsovia- como respuesta a la creación de la OTAN.
-El establecimiento de un sistema económico integrado por los países aliados-satélites- el llamado CAME o COMECON- destinado fundamentalmente a servir los intereses del desarrollo soviético.

 

-El apoyo a los movimientos pacifistas de Occidente, canalizado a través de la Kominform desde 1948

 

-La lucha contra las disidencias internas, tanto en el caso de los intelectuales y pacifistas soviéticos como en el de los nacionalistas de los países satélites. Ello provocó las purgas estalinistas de los años 1948-1952 y las intervenciones rusas en Alemania Oriental, Polonia y Hungría, entre otros.

 

- Finalmente el apoyo a los movimientos de liberación afro-asiáticos y en especial a aquellos en los que los comunistas ejercían un papel dirigente.

 

A mediados de los años cincuenta la Guerra Rría empezó a tomar otro cariz. Poco a poco se fue pasando de una situación de extrema alarma a otra de “coexistencia pacífica”, que se extendió hasta finales de los años setenta.

 

Tanto EE.UU. como la URSS tomaron conciencia de que era preciso convivir con el enemigo y evitar confrontaciones que desembocaran en la guerra nuclear.
 

 

Rebrote en 1977
Tras un rebrote de la Guerra Fría entre los años 1977 y 1985 con nuevas tensiones – intervención militar soviética en Afganistán - y el incremento de la carrera de armamentos – llegada de Reagan al poder en EE.UU. -, la distensión y el final de la Guerra Fría llegaría con la subida de Mijail Gorbachov al poder en la Unión Soviética en 1985. El líder ruso intensificó una política de diálogo con Estados Unidos, bien recibida en Washington. Ambos países mostraban señas inequívocas de agotamiento económico. El proceso se aceleraría tras la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. Dos años más tarde desaparecía el Pacto de Varsovia, aunque no la OTAN que sigue todavía vigente.

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