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Miguel R. Calderón
Domingo, 12 de febrero de 2017

Los genocidios del comunismo

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Hce unos días , la prensa nacional se hizo eco del 72º aniversario de la liberación de los últimos 7.500 prisioneros que quedaban en los campos de Auschwitz, Birkenau y Monowitz por las tropas soviéticas, el 27 de enero de 1945, poniendo fin a una de las páginas más terribles de la historia de la Humanidad y que pasó a la posteridad con el sobrenombre de “holocausto judío”. No en vano se estima que murieron en los campos de concentración y de exterminio del régimen nazi, alrededor de seis millones de personas.


Este periódico dio cumplida cuenta, a través de varios artículos míos publicados hace unos meses, de los crímenes que se perpetraron durante la II Guerra Mundial y que alcanzaron, en lugares como Auswichtz, Sobibor. Treblinka o Belzeck, el culmen de la maldad humana.


Resulta curioso que la historiografía contemporánea dedique capítulos ,artículos, reportajes y una abundante bibliografía al holocausto judío. Sin embargo, los genocidios del comunismo- que también los hubo- encuentran un espacio de difusión mucho más estrecho. Y por supuesto goza del silencio de la Izquierda política de este país que, o bien calla y mira para otro lado, o bien niega, desmiente, o simplifica las atrocidades cometidas por los regímenes comunistas.


Es el caso de Carlos Sánchez Mato concejal de Economia y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid. Este individuo califica la soviética, ahora que se cumplen 100 años de su inicio, como “ la revolución más hermosa de la historia”. Y para terminar de desbarrar afirma que la revolución sólo produjo cinco víctimas. Ni una más. Curiosa manera la que tiene Sánchez Mato de contar los millones de muertos que causó la Revolución Rusa en general y la etapa estalinista en particular.


Pero para que el lector descreído salga de su error, después de haber leído el calificativo que Sánchez Mato dedica a la revolución bolchevique, creo que no estaría de más ilustrarle con uno de los genocidios más escalofriantes protagonizado por la dictadura estalinista, en el contexto de lo que para sus defensores era el paraíso comunista.


A la muerte de Lenin en 1924, Stalin, secretario general del Partido Comunista, logró imponerse tras desembarazarse de sus rivales. Desde entonces se adueñó de todo el poder y lo ejerció de manera omnímoda hasta su muerte, ocurrida en 1953.


Para fortalecer y enriquecer al país, haciéndolo militar e industrialmente autosuficiente, Stalin adoptó enérgicas medidas económicas. En la Unión Soviética se decidió planificar para un futuro de cinco años empezando en 1928. El Primer Plan Quinquenal ( como los sucesivos) señalaba los objetivos económicos que era preciso alcanzar y que se resumían en construir la industria pesada de la URSS.


Se tenía el propósito de industrializar sin acudir a préstamos extranjeros. En 1928, Rusia seguía siendo, sobre todo, un país agrícola, por lo tanto, podía industrializarse mediante sus propios recursos sólo a costa de la propia agricultura. El plan, en su concepción original, no preveía más que la colectivización de una quinta parte de la población agrícola pero se revisó, de pronto, en el invierno de 1929, para incluir la colectivización inmediata de la mayor parte del campesinado.


Los campesinos prósperos, los kulaks, propietarios de tierras y de algún ganado, se resistían a entregarlas a los colectivos. En consecuencia los kulaks como clase, fueron liquidados. Se instaba a los campesinos pobres a atacar a los ricos, enemigos de clase. Cientos de miles de kulaks y sus familiares fueron ejecutados, y muchos más transportados a campos de trabajo en remotas zonas de la URSS.


La campaña contra estos campesinos no tenía una consideración económica, sino ideológica; querían deshacerse de una población capaz de organizarse y resistir la colectivización. El proceso se aplicó con especial virulencia en Ucrania, un país con un fuerte sentimiento nacionalista, que por entonces era uno de los mayores productores de trigo del mundo hasta tal punto de ser conocido como el “granero de Europa”.


La población ucraniana había combatido a los terratenientes durante la Revolución de 1917 para poder poseer la tierra. Pero cuando los bolcheviques ocuparon Ucrania y ordenaron la colectivización de la tierra, los campesinos se resistieron, tratando además de mantener su lengua y su cultura.


Stalin veía el nacionalismo ucraniano como una amenaza al poder soviético y en 1929 comenzó su ofensiva contra el país, arrestando a miles de intelectuales ucranianos, bajo falsos cargos, a los que fusilaba o enviaba a campos de trabajo en tierras siberianas, siguiendo el mismo destino que los campesinos disidentes.


Enfrentándose a la propaganda de guerra y a una ardua batalla, muchos campesinos se rebelaron, volviendo a sus propiedades e incluso matando a las autoridades soviéticas locales. Los soldados del Ejército Rojo fueron enviados para ahogar la rebelión.


En 1932, con la mayoría de las explotaciones ucranianas colectivizadas a la fuerza, Stalin ordenó un aumento de las cuotas de producción de alimentos y lo siguió haciendo hasta que no quedó comida para los ucranianos. Mientras en 1933 el hambre asolaba el país, la cosecha ucraniana de trigo de ese año fue exportada vendiéndose a precios por debajo del mercado. Con esa cosecha podrían haberse alimentado en Ucrania durante dos años. No sólo se evitó que la gente pudiera emigrar a otros países en busca de alimento, condenándola a morir de hambre en sus hogares, sino que además fueron rechazadas las ofertas de ayuda de las organizaciones internacionales, negando las autoridades soviéticas que en Ucrania se pasara hambre.


Los gobiernos occidentales ignoraron durante mucho tiempo los informes sobre las hambrunas que periódicamente escapaban al estado de terror soviético. Curiosamente, Franklin D. Roosevelt reconoció formalmente al gobierno de Stalin en 1933, y la Unión Soviética fue reconocida en la Sociedad de Naciones en 1934.


Según diversos historiadores, en la primavera de 1933 llegaron a morir hasta 25.000 personas diarias, al tiempo que se han documentado muchos casos de canibalismo, como se recoge en los informes del KGB y en las cartas escritas por las víctimas.


Ucrania , a comienzos del siglo actual, no había recuperado aún el nivel demográfico anterior a la hambruna, que es recordada en el país con el nombre de Holodomor, una palabra compuesta por las ucranianas holod (hambre), y moryty (muerte entre sufrimientos.


Se calcula que entre siete y diez millones de personas, entre ellas cuatro millones de niños, perecieron en el invierno de 1932-1933 en Ucrania, como consecuencia de las medidas económicas del Gobierno de Stalin. Es lo que se conoce como “el hambre como arma política”.


El 7 de noviembre de 2003, tras firmar varios países una declaración conjunta sobre el 70 Aniversario de la Gran Hambruna, la Asamblea General de la ONU reconocía oficialmente el Holodomor como la tragedia nacional del pueblo ucraniano, causada por las crueles políticas y medidas del régimen totalitario estalinista.

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