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Víctor Corcoba Herrero
Viernes, 24 de febrero de 2017

Vivimos en una época peligrosa

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Teniendo en cuenta que la vida es un itinerario de búsquedas, nuestra propia historia humana está crecida de movimientos, con lo que esto conlleva de cruces con aquello diferente y de nacimiento de nuevas civilizaciones. En su esencia, todos buscamos un celeste más claro, un camino más llevadero, un destino más armónico, un rumbo más estable. Desgraciadamente, cada día son más las incertidumbres y los conflictos, los desastres naturales y las persecuciones, lo que hace que los movimientos migratorios nos desborden como jamás. De ahí, lo importante que es amparar, preservar, promover e integrar a tanto indefenso huido. 

 

A poco que buceemos por nuestra propia realidad vivencial, hallaremos multitud de familias malviviendo en el dolor, con miedo de que se destruyan sus hogares en cualquier momento. Es una lástima que no se respete nada, ni las oportunas leyes internacionales, imponiéndose desalojos y cargando toda la furia contra personas débiles. En cualquier rincón del planeta observamos un recrudecimiento existencial que verdaderamente nos deja sin palabras, a pesar de tantos acuerdos de paz y de tantas reuniones que, por cierto, tampoco suelen pasar de los buenos propósitos, para desdicha de todo el linaje humano.

 

Hoy sabemos que la diversidad es fuente de creatividad e innovación, pero también hemos de considerar que ese carácter multicultural, multiétnico y multirreligioso, requiere para su cohesión de una fuerte dosis de hospitalidad, o si quieren de calor humano comprensivo. Sólo hay que mirar a Europa y ver como se acrecienta la xenofobia, el extremismo violento, el nacionalismo, el populismo, a falta de ese entendimiento que fortalezca la concordia. Mal que nos pese hay un marcado rechazo vinculante de unos contra otros, en parte por nuestro innato egoísmo. Sería bueno proponernos cambiar de actitudes, reeducarnos bajo otros horizontes. 

 

A menudo somos atrapados por la indiferencia, por las garras de las organizaciones criminales, que nos dejan hasta sin aire, porque faltan canales de acceso humanitario y seguro. Precisamente, esta inseguridad reinante en el mundo es deshumanizadora a más no poder. Son muchos los que se aprovechan de las desgracias ajenas, sin clemencia alguna, para levantar su privativo señorío de mando, irrespetuoso con todos. Olvidan que la defensa de los derechos inalienables, garantías de las libertades fundamentales y el respeto de su dignidad son derechos de los que nadie puede estar exento.

 

Está visto que tan importante como conocerse es reconocerse en el otro para poder conciliar modos y maneras de vivir, máxime en un momento en el que todos precisamos abrirnos a esa reconciliación innata y necesaria para poder hermanarnos como especie. La situación no es fácil. Vivimos en una época peligrosa. La gradual presión sobre los recursos naturales, el incremento de la desigualdad social y el cambio climático ponen en riesgo la futura capacidad, ya no sólo de subsistir, también de unirse como una piña. Nadie puede sentirse tranquilo y aliviado ante el persistente clima de injusticias que nos dispersan. Tenemos que ser más responsables, más humanos en definitiva. Desde luego, esto es un deber natural de la civilización. Nuestras identidades han de ser respetadas, pero también nosotros hemos de considerar la presencia de la otra persona en relación a la nuestra. 

 

En consecuencia, según mi manera de ver, es un deber de solidaridad que frente a la bochornosa atmósfera de tragedias, casi siempre activadas por el propio ser humano, no tengamos compasión y mostremos una frialdad hacia nuestro análogo verdaderamente preocupante. Es hora del apretón de manos, no del puño cerrado, del corazón latiendo para mejorar las actitudes, sobre todo en el sentido del encuentro, de crearse uno mismo para los demás, con la mano tendida siempre. Ya está bien de destruirlo todo, de destruirnos. Deberíamos arrodillarnos y pensar que nada somos y podemos serlo todo, si en verdad nos desprendemos de cualquier dominio, dominándonos a sí mismo para hallar una respuesta a lo qué somos y por qué vivimos. Quizás, únicamente desde la sencillez, entendamos lo que el ser humano es, puesto que tiene la capacidad de generar obras de amor; una belleza que evoca la bondad y la virtud que nos sustenta.

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