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Miguel R. Calderón
Lunes, 27 de febrero de 2017
Los genocidios del comunismo

La gran purga stalinista (1936-1938)

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La práctica política cotidiana predominante durante toda la época de Stalin fue el terror, ejercido tanto en el partido comunista como sobre el conjunto de la sociedad. Dentro del partido se imponía el terror mediante el desplazamiento de las élites políticas y la eliminación física de los adversarios. La sociedad soviética sufrió el dominio del partido, que impuso la colectivización forzosa, con grandes desplazamientos de población y reclusión en campos de internamiento. 

 

La aplicación sistemática de estos procedimientos fueron las purgas , que alcanzaron su mayor virulencia en los años anteriores al comienzo de la II Guerra Mundial.

 

Entre Septiembre de 1936 y Noviembre de 1938 tuvo lugar en la URSS , la Gran Purga, Gran Terror o Yezhovshina (la “era de Yezhov” en alusión a Nicolai Yezhov, al mando por entonces de la policía secreta), nombres, todos ellos, por los que se conoce el período de arrestos y ejecuciones generalizadas, (más de un millón), que se produjeron por orden de Stalin, el máximo dirigente del país.

 

Una vez conseguido el poder, el siguiente paso de Stalin era depurar las filas del Partido Comunista eliminando cualquier atisbo de disidencia. La campaña de exterminio debía golpear a los cabecillas de una posible oposición, eliminar los cuadros pocos seguros de la administración y a todo ciudadano que fuese sospechoso. Para ponerla en práctica recurrió a la policía secreta, la temible NKVD (siglas rusas de Comisaría Popular de Asuntos Internos, la organización precursora del KGB).

 

El partido ya había experimentado una drástica purga en 1933 cuando fue expulsado un tercio de sus miembros. Incluso leales colaboradores de Stalin se asustaron ante la creciente crueldad que iba mostrando el dictador. Precisamente en 1934, Serge Kirov, viejo amigo y compañero revolucionario de Stalin desde 1909 y líder del partido en Leningrado, fue asesinado en su despacho, probablemente por un agente de Stalin. Dio comienzo entonces una nueva oleada represiva que alcanzó su punto culminante cuando Yezhov fue nombrado como responsable de la NKVD. A partir de ese momento, todo el mundo denunciaba a todo el mundo y nadie se sentía seguro. El temor, la delación y la sospecha invadieron la sociedad soviética, en la que surgieron por doquier cómplices y delatores. La propia sociedad alimentó la dinámica del terror, produciendo fieles servidores al sistema

 

Pero el episodio más cruel que se desencadenó en la URSS fueron los llamados “juicios de Moscú”, nombre con el que se conoce a tres juicios celebrados en diciembre de 1936, enero de 1937 y marzo de 1938. En ellos se juzgaba a la inmensa mayoría de los principales dirigentes bolcheviques que habían participado en la revolución y que permanecían en Rusia. Supuestamente todos eran acusados de haber matado a Kirov y todos también se dedicaban al sabotaje. Así cayeron Zinoviev, Kámenev y Tomski en 1936, Radek en 1937, Bujarin y Rikov en 1938. 

 

Para asombro del mundo, los acusados confesaron plenamente los delitos que se les imputaban, en juicio público, y se autodenominaron indignos y descarriados delincuentes. Fueron condenados a muerte sin que se aportaran más pruebas que sus declaraciones. Y en todos los casos se dieron las mismas confesiones y autoinculpaciones, conseguidas tras aplicar a los procesados refinadas técnicas de tortura psicológica y física que provocaban esas declaraciones en público, con la apariencia de estar en plena posesión de sus facultades mentales y sin mostrar signo alguno de daño físico. 

 

Cada sector de la sociedad soviética sufrió su cuota de represión ya que por todas partes eran “descubiertos” los complots. Stalin ordenaba fusilar masivamente a secretarios del partido, funcionarios del Komintern, obreros, campesinos, kulaks, sacerdotes, ingenieros, médicos etc. En realidad, para Stalin cada uno tenía su propio complot para derrocarle. 

 

Desde 1934 el dictador había ido eliminando a todos sus potenciales rivales en el Gobierno y en 1937 solamente quedaba el Ejército Rojo incólume. La sangría aquí sería especialmente importante. Ese año, en un tribunal militar secreto, el mariscal Tujachevski y otros siete generales recibieron acusaciones de trotskismo, y de conspirar con los alemanes y con los japoneses. Todos ellos fueron fusilados. En esta espiral de terror, y tras el proceso al mariscal, se procedió a la expulsión o detención – y posterior fusilamiento- de 35.000 oficiales. Entre otros altos mandos, el ejército perdió tres mariscales ( de un total de cinco), trece generales ( de quince) y ocho almirantes (de nueve). Las consecuencias a medio plazo de esta orgía de sangre no se hicieron esperar. En el verano de 1941, cuando Hitler atacó la URSS, le resultó más fácil penetrar en territorio soviético gracias a que Stalin había eliminado literalmente a los mandos de las fuerzas de defensa del país.

 

Antes de que las purgas hubiesen terminado, a finales de 1938, un desconocido número de personas, pero probablemente millones, fueron ejecutadas o enviadas a los campos de trabajo: el gulag, la modalidad socialista de los campos de concentración. En el período de tiempo transcurrido entre 1936 y 1938, nadie sabía en el país si viviría al día siguiente. Salvo Stalin.

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