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Miguel R. Calderón
Lunes, 13 de marzo de 2017

En el cincuentenario de la muerte de Azorín (1873-1967)

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Azorín nació en la localidad alicantina de Monóvar, un 8 de Junio de 1874. Era el mayor de nueve hermanos. Creció en el seno de una familia burguesa acomodada

El pasado 2 de Marzo se cumplían cincuenta años de la muerte de José Martínez Ruíz, “Azorín”, el último de los grandes escritores que alumbró un periodo fecundo en las letras españolas conocido como la Generación del 98 y en la que militaron figuras de la talla de Ángel Ganivet, Unamuno, Pío Baroja, Valle Inclán y el propio Azorín. 

 

Azorín nació en la localidad alicantina de Monóvar, un 8 de Junio de 1874. Era el mayor de nueve hermanos. Creció en el seno de una familia burguesa acomodada. Sus primeros pasos en la vida literaria, en los que popularizó su paraguas rojo y el monóculo, fueron difíciles. Lo mismo que sus amigos de generación- Azorín fue el amigo por excelencia- tiene mucho de autodidacta y rebelde, aunque como ninguno, acabó reconciliándose con la sociedad. Frente a las gigantescas imágenes de los hombres del 98, él destaca por su modestia. Incluso, frente al solitario Baroja, encarna la figura del antihéroe. Quizá en esto reside su grandeza. Es el notario, el pequeño compañero de viaje que levanta acta, del modo más sencillo y amistoso, de una obra inmensa a la que ha contribuido como contrapunto. Un contrapunto certero y agudo, que luchó en primera línea contra el estilo y el carácter óseo de la generación anterior. A la hora del triunfo, desfila siempre como el “farolillo rojo” de esa generación de grandes luchadores.

 

Azorín recogió de los clásicos y del bajo pueblo, nuevos términos con los que revitalizar nuestra lengua. Del francés asimiló su estructura sintáctica. Así descubrió el valor de la frase corta. Una de sus características es la puntuación: Rompe frases largas mediante puntos, incluyendo en la frase siguiente la conjunción o el adverbio. En la distribución del punto radica el estilo de Azorín y su secreto. Así se opone a la prosa declamatoria del siglo XIX; sin embargo quita así al idioma sus posibilidades máximas de expresión. Su sintaxis es simple, con predominio de oraciones yuxtapuestas y huyendo de la subordinación. Por ello las tres cualidades de su estilo son la sencillez, la claridad y la precisión. En esta labor de zapa radica la gran influencia de Azorín. Su compañero de generación, Pío Baroja, le definió así:

 

“Azorín es principalmente un hombre de estilo (…) no tiene una gran fantasía creadora de tipos, ni tiene tampoco ternura. No busquéis en sus obras una nube que os haga soñar, una ternura grande por una cosa pequeña; no, en sus obras todo es claro, definido y neto (…) Azorín llevó claridad y concisión al lenguaje”.

 

Pero Azorín fue además un gran paisajista. Su visión es eminentemente plástica, alcanzando gran belleza y precisión en sus evocaciones de Castilla, Los pueblos, y la Ruta de Don Quijote, siendo esta cualidad, también la más notable de sus novelas: La Voluntad, Antonio Azorín, Don Juan y otras.

 

Sin embargo lo que más caracteriza a Azorín es su gusto por lo pequeño, lo vulgar, el detalle. En Azorín se da, por anticipado, la poesía de lo cotidiano, enemiga de los grandes héroes, de los grandes ademanes, de las grandes palabras, para convertirla en una crónica de profunda raíz crítica, si por crítica consideramos el reflejo de la realidad.

 

Leyendo a Azorín uno recupera el gusto por el paisaje, un tesoro que habíamos cambiado por bagatelas que estorban nuestro camino. Es una suposición, pero, posiblemente, de haber cultivado el verso, Azorín hubiera revolucionado la literatura universal. El artista no siempre sabe encontrar su camino. Azorín intentó renovar la escena española y fracasó. Por ello, su máxima importancia se limita a su pensamiento y a su renovación del lenguaje.

 

Lo mismo que la primera piedra de esta generación, Ángel Ganivet, al que cronológicamente puede considerársele el primero de los hombres del 98, su último y genuino representante, Azorín, se lee con gusto y facilidad. Más sencillos, más cuidados, menos atormentados que los demás, sus escritos complacen a la vez que instruyen. Sin embargo se tiene la impresión de leer los escritos menores de un gran genio.

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