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Colaboraciones
Viernes, 17 de marzo de 2017

Estigia

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Por Juan Luis Muñoz Arbona*

Se hace difícil determinar el balance entre el bien y el mal, lo positivo y lo negativo, lo conveniente e inconveniente, lo efímero y lo eterno. La laguna Estigia en la mitología griega constituía el límite entre la tierra y el mundo de los muertos. Se pensaba popularmente que las almas de los difuntos podían cruzar el Estigia en una barca guiada a veces por Caronte y otras por Flegias, pero la mayoría de las fuentes clásicas afirman que el primero porteaba el Aqueronte y el segundo el Flegetonte. Llegados al inframundo, las almas recibían un premio o un castigo en función de la vida que habían llevado cuando aún se encontraban con vida, de forma similar a lo establecido por la antigua mitología egipcia.

 

Dado nuestro carácter de puerto de civilizaciones, no encontré mejor manera de referirme a lo que diariamente vivimos en el paso fronterizo entre Ceuta y Marruecos, siempre teniendo en consideración la variabilidad de personajes, así como los roles que podrían reflejar aplicados al referido pasaje homérico. Es tal la permeabilidad de los caracteres que circundan en todos los ámbitos el paso fronterizo que cabrían un sinfín de interpretaciones sobre el mundo de los vivos y de los muertos.

 

Dejo a su elección donde quieran ustedes colocar su punto de vista o “de mira”, según se mire, valga la redundancia. Un mundo de los vivos sin alma o “desalmados” y otro de los muertos. Uno se para a reflexionar sobre ello y la verdad es que no encuentra la más mínima diferencia. Ya sólo cabría determinar si nos situaríamos ante la típica tragedia griega cuyo argumento principal es la caída de un gran personaje o ante un poema al más puro estilo de TS Eliot sobre el epitafio de nuestra sociedad, elevado a la máxima potencia en el día a día transfronterizo.

 

Y una vez dado el salto desde los clásicos griegos y Homero al estilo fragmentado y contemporáneo de TS Eliot con sus divagantes almas que vivieron los horrores de la Gran Guerra, que mejor que hacer una referencia a las consideraciones de carácter geopolítico para el futuro de los habitantes que de una u otra manera tienen en Ceuta un modelo de vida, por encima de cualquier otra consideración.

 

O hablando en plata, que al fin y al cabo es lo que interesa a los ciudadanos, el pan nuestro de cada día de muchos de los conciudadanos que habitan estas tierras, se “reparte” en esa frontera. Es decir, Ceuta depende tanto de Marruecos en su desarrollo como ciudad, así como el núcleo poblacional de casi un millón de personas que ronda la provincia de Tetuán para con Ceuta, pues es beneficiada, junto a Nador, cercano a la frontera con Melilla, de una marco normativo que ampara un medio de vida o supervivencia, como se quiera llamar, el Acuerdo de Schengen.

 

El citado acuerdo, entre sus preceptos, recoge una declaración relativa a las ciudades de Ceuta y Melilla, de las cuales son también beneficiarias las provincias marroquíes de Tetuán y Nador, pues se aplica un régimen específico de exención de visado en materia de pequeño tráfico fronterizo entre las citadas provincias. Y bien, ¿cabe echar al traste estos derechos ganados para con los ciudadanos que pueblan esta parte del Mediterráneo? ¿Cuáles serán las consecuencias de la amenaza que cierne en tanto en cuanto la futura aplicación de esta norma? Las expectativas no parecen halagüeñas en recientes fechas.

 

Pero no sólo este tratado merece nuestra atención, pues cualquier compendio moderno de legislación debe incluir consideraciones en las que los derechos humanos se planteen como el pilar intocable de nuestro lugar en el mundo como seres humanos.

 

Los testimonios fotográficos no pueden ser más desgarradores. Si sumamos a esto el implacable y desesperado grito migratorio el cóctel alcanza su punto de ebullición.

 

Nuestro futuro como ciudad de servicios se encuentra en el aire, pues no solo de éstos vive la ciudad, pues también hay consideraciones de carácter fiscal, así como las relativas a los medios de vida de muchos de los habitantes que pueblan a uno y otro lado de la frontera, al empleo e incluso el propio descanso y paz interior de muchos de ellos. Esperemos que las mareas, que tan frecuentemente bañan esta parte del MareNostrum, nos sean propicias. El paraíso probablemente no nos espere, pero una vida digna es derecho de todo ser humano, independientemente de su condición.

* Abogado y Miembro del Comité Ejecutivo de la Red Española de la Fundación Anna Lindh para el Diálogo entre Culturas

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