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Miguel R. Calderón
Domingo, 21 de mayo de 2017

El gran Proyecto Colombino: al este por el oeste ( I )

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La ruta marítima portuguesa, más larga que la terrestre, era políticamente más interesante. Y Portugal se la reservó con carácter de monopolio, esforzándose en impedir la intrusión de extranjeros en ese comercio

No se trata de una adivinanza. Teniendo en cuenta que la Tierra es redonda, para viajar de Europa a la China caben dos posibilidades: rumbo al este o rumbo al oeste. La ruta del este era la tradicional, la de las caravanas y las expediciones por tierra, desde Turquía o el Medio Oriente al interior del continente asiático y, continuando el camino, hasta la India, hasta el mundo chino y sus costas y, más allá, el Japón o “Cipango”.

 

A lo largo del siglo XV, los portugueses habían avanzado por la ruta del este, pero desviándose en dirección sur para bordear por mar todo el continente africano. Habían abierto , por así decirlo, una segunda ruta en la que la distancia resultaba mucho más larga, pero ofrecía la ventaja de poder realizar todo el recorrido en un solo medio de transporte, el navío, lo que resultaba menos arriesgado y más seguro que las caravanas y permitía un comercio de mercancías variadas sin tener que realizar engorrosos transbordos. Aunque visto desde nuestra perspectiva parece una empresa bien planificada y un objetivo concreto a largo plazo, lo cierto es que desde 1415, fecha de la conquista portuguesa de Ceuta, hasta que Vasco de Gama llegó a Calcuta en 1498, cruzando el océano Indico, los portugueses actuaron por motivos cambiantes; en la primera etapa de expansión se proponían simplemente asentarse en el norte de África y tener acceso al mercado de oro y esclavos.

 

La ruta marítima portuguesa, más larga que la terrestre, era políticamente más interesante. Y Portugal se la reservó con carácter de monopolio, esforzándose en impedir la intrusión de extranjeros en ese comercio. Para ello pudo contar con la aprobación del Papa mediante las correspondientes bulas, documentos pontificios que concedían gracias o privilegios, ya que el soberano Pontífice gozaba del derecho de repartir el mundo entre los príncipes cristianos.

 

En 1479 , cuando los barcos portugueses habían cruzado ya el Ecuador y habían llegado hasta los 4º de latitud sur, y cuando el comercio de oro y esclavos resultaba ya muy lucrativo, Portugal y Castilla firmaron el Tratado de Alcaçovas- Toledo, por el que Castilla, que había conquistado las islas Canarias en los últimos años del siglo XIV, renunciaba definitivamente a toda reivindicación de derechos africanos, dejando para el reino vecino, la posesión de Guinea, Madeira, Azores, Cabo Verde “ e qualesquier otras islas que se fallaren y conquistaren de las yslas de Canaria para baxo contra Guinea”, a excepción de las Canarias “ganadas e por ganar”

 

Por otro lado, cabía la posibilidad, ciertamente, de navegar rumbo al oeste y llegar así al Japón o a alguna de las muchísimas islas que se suponía que existían frente a la costa asiática. Nadie lo había conseguido, porque la distancia del Atlántico parecía inmensa y porque tal vez existieran monstruos o peligros imprevistos.. Si hasta en fechas no muy lejanas se hablaba de las misteriosas desapariciones en el “triángulo de las Bermudas”, ¿qué no contarían los marineros en el siglo XV?.

 

Pero el problema de fondo no era de imaginación ni de temores, sino cartográfico. ¿Podía calcularse con precisión la distancia entre Europa y Asia por el Atlántico?. Porque nadie podía imaginar, claro está, la existencia de otro continente, el americano, en la mitad del océano.

 

Para calcular bien esa distancia marítima era preciso saber la dimensión total del Ecuador o de un paralelo determinado y la distancia conocida de este paralelo, es decir, las millas que había desde Lisboa al Japón por el este. Restando al total de la longitud del paralelo la distancia Lisboa-Japón por el este, se podía calcular el total de la ruta del oeste.

 

El problema, para efectuar estos cálculos, era que no se sabía con exactitud la distancia de Lisboa al Japón por el este. Diversos viajeros habían efectuado distintos cálculos y los habían expresado en unidades de medida que con frecuencia se entendían mal o que se interpretaban erróneamente. Además, ni siquiera se sabía con precisión (aunque los cálculos fueran aproximados) la medida de un paralelo terrestre.

 

En el siglo XV la ciencia se confundía con la superstición y con la tradición clásica. Un intelectual de la época se fiaba de textos griegos escritos muchos siglos antes y mal traducidos al árabe y a las lenguas romances, tanto como se podía fiar de los experimentos propios. Por ello, al hablar del “gran proyecto”, hay que entenderlo como una obsesión personal y vital de un navegante conocido, Cristóbal Colón.

 

Toscanelli, intelectual florentino, había preparado un informe, acompañado por un mapa, en respuesta a una consulta portuguesa sobre la posibilidad de emprender la ruta del oeste. La carta llegó a manos de Colón. Toscanelli hablaba “del muy breve camino que hay de aquí (Portugal) a las Indias, adonde nace la especería, por el camino de la mar, más corto que aquél que vosotros hacéis para Guinea”(refiriéndose a la ruta portuguesa bordeando África). Por si había alguna duda, Pierry d´ Ailly en su obra “Imago Mundi” confirma que “ entre la India y España existe un solo mar… y este mar es pequeño y estrecho, y puede ser navegado en pocos días contando con vientos favorables.

 

Toscanelli efectuó sus cálculos partiendo de la extensión de la masa euroasiática aceptada por Ptolomeo, es decir de 180º de longitud en el Ecuador, y añadiendo 28º más de extensión asiática y otros 30º más hasta llegar al Japón o Cipango. Se basaba en la información de Marco Polo. Con todo ello, entre Lisboa y la China habría 26 espacios de 250 millas cada uno, es decir 6.500 millas, y entre Japón y una imaginaria isla que llamaban “ Antilia o de las Siete Ciudades” (localizada al suroeste de Azores y oeste de Canarias) , diez espacios, es decir , 2.500 millas. Con ello situaba el Japón a la altura de Cuba (en la longitud de Cuba, dicho geográficamente).

 

¿Qué hizo Colón? Partir de la base de que la tierra era una esfera. Como tal esfera medía 360º, según enseñaba la ciencia clásica. ¿Cuánto medía un grado? Sabiendo el valor de un grado bastaba con multiplicar éste por 360 y se obtenía la medida del Ecuador. Erastótenes en la Antigüedad había calculado que a Siena la separaban siete grados de Alejandría y que la distancia entre ambas ciudades era de 4860 estadios. En tal caso, un grado medía 690 estadios. Como cada estadio valía 165 metros, la circunferencia máxima tenía 360 x 690 x 165 = 40.986 kilómetros. Erastótenes, se equivocó en apenas 900 kms en sus cálculos.

 

El error colombino sería mucho mayor. Colón decía que un grado medía 56 millas y 2/3 o, lo que es lo mismo, 56,66 millas. El Ecuador por lo tanto, se evaluaba a base de una sencilla multiplicación: 56,66 X 360 = 20.398 millas. Ahora bien, ¿cuánto mide una milla? Pues depende de que usemos millas árabes o millas itálicas. El geógrafo árabe Al-Fagrano empleó para una milla la cifra de 1.973,5 metros: Colón, en cambio, echaría mano de la milla itálica o romana valorada en 1.477,5 metros. 

 

Al-Fagrano multiplicó las 20.398 millas del Ecuador por 1.973,5 metros y vio que el círculo máximo medía 40.255 kilómetros. Resultado de sorprendente exactitud, ya que en realidad son 40.070 kms. 

 

Colón por su parte, hizo lo mismo, pero usando la milla romana. Multiplicó 20.398 millas por 1.477,5 y dedujo que el Ecuador medía 30.137 kms. ¡El 74,8 % de su verdadero valor¡ El viaje de las Canarias al Japón quedaba así reducido a un trayecto más corto que la distancia de un extremo a otro del Mediterráneo. Es decir, un viaje breve, si alguien se atrevía a acompañarle. Los arbitrarios cálculos de Colón chocaban con toda la tradición geodésica de la época. Y esa es la causa por la que no aceptaron su proyecto ni en la corte portuguesa ni en la castellana. No porque defendiera que la tierra era redonda- tesis mantenida por una gran mayoría- sino porque sus cálculos no parecían fiables.

 

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