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Miguel R. Calderón
Domingo, 18 de junio de 2017

Las mujeres en la vida del almirante (V)

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El primer amor de Colón fue doña Felipa Muñiz o Moniz de Perestrello, perteneciente a una noble familia de sangre hidalgaPorto

El primer amor de Colón fue doña Felipa Muñiz o Moniz de Perestrello, perteneciente a una noble familia de sangre hidalga. Eso es al menos lo que cuentan tanto su hijo Hernando Colón como Bartolomé de Las Casas. Abundando en más detalles se puede afirmar que Colón conoció a su amada cuando, estando en Lisboa, acudía a misa al monasterio de Todos los Santos del cual era comendadora precisamente doña Felipa. No le fue muy difícil al joven genovés entablar amistad con la dama portuguesa y pronto hubo matrimonio (entre 1477 a 1479).

 

Era doña Felipa hija de un hidalgo muerto en 1457 , llamado Bartolomé Perestrello, cuyo linaje procedía de Piacenza (Italia). Por vía materna descendía Felipa de la casa de Moniz, fundada por Egas Moniz, gobernador que había sido del reino de Portugal en el siglo XII.

 

La unión del genovés y la portuguesa debió ser fruto del amor, aunque hay quienes sospechan unos intereses en el calculador Colón por ligarse a la nobleza y ascender de estatus. Ciertamente causa perplejidad el rápido enlace de la pareja, pero tampoco es impensable que estuviera el amor por medio y la casi segura fascinación que siempre se siente por el extranjero, en este caso, además de “hermosa presencia”. Tampoco debe extrañar la pertenencia de los cónyuges a dos estados sociales distintos pues otra hermana de Felipa casaría con un tal Mulyart, hombre sin nobleza y sin fortuna y, probablemente, sin el poder de convicción que poseía el genovés.

 

Al casarse, Colón pasó a vivir a la casa de su suegra, la cual, viendo las aficiones que tenía el marino-comerciante ligur respecto a las cosas de la mar, le confesó que su marido había sido también persona inclinada a las exploraciones y que, en cierta ocasión, por orden de don Enrique el Navegante (1419-1420) había marchado con otros dos caballeros a descubrir nuevos territorios. Una tormenta les llevó a la isla de Porto Santo en el archipiélago de las Madeira, tomando posesión de ella Perestrello en nombre del Infante don Enrique que le concedió el gobierno de la misma. El tal Perestrello, como tantos otros, debió realizar viajes partiendo de su isla y hacerse de este modo con instrumentos, mapas y escritos que Colón recibió de manos de su suegra. Aquello constituyó una fuente más de conocimientos teóricos de cosmografía y astronomía para el joven Colón. 

 

Interesado en comprobar personalmente lo que entonces se conocía del mundo yendo por las costas de África hacia el Sur, navegó con los portugueses, según Las Casas, rumbo a las zonas sureñas “como persona ya vecino y casi natural de Portugal”.

 

Por algún tiempo Colón vivió en la isla de Porto Santo al lado de su esposa y su suegra. Fue allí donde engendró al único hijo legítimo que tuvo, Diego Colón. Del texto de Bartolomé de Las Casas parece desprenderse que todo esto se lo contó el mismo Diego en 1519, estando en Barcelona a raíz de la primera venida de Carlos V.

 

De creer a Hernando Colón, hijo natural del descubridor, fue aquí, en Portugal, cuando el genovés empezó a conjeturar que lo mismo que los portugueses navegaban tan lejos hacia el Sur, era factible navegar hacia el Oeste y hallar tierras… En 1484 fallecería doña Felipa, dejando a Colón viudo y con un niño muy pequeño, Diego. Un año más tarde se encaminaba a España en compañía de su hijito de corta edad.

 

A su segundo amor, Beatriz Enríquez de Arana, pudo conocerla en 1486 durante su primera estancia en Córdoba y sólo dos años después de la muerte de su primera esposa. Beatriz era hija de Pedro de Torquemada y de Ana Núñez de Arana, residentes en la aldea de Santa María de Trassierra, a poca distancia de la ciudad cordobesa.

 

Muerto el cabeza de familia, la viuda se trasladó a Córdoba, donde falleció en 1471, quedando sus dos hijos, Pedro y Beatriz, bajo la tutela de su tío Rodrigo Enríquez de Arana, de quien recibieron una esmerada educación, pues aprendieron a leer y escribir, cosa no habitual en la época. Bajo el mismo techo vivía también el primo Diego de Arana, ya casado, que acompañaría a Colón en el primer viaje en calidad de Alguacil de la Armada.

 

Eran los Arana amigos del boticario genovés Leonardo de Esbarroya, en cuya botica coincidían diversos amigos, físicos y cirujanos. Colón, probablemente conectó con esta tertulia buscando el trato con el compatriota Esbarroya, y allí conoció a Diego de Arana, que le presentó a su prima Beatriz, joven veinteañera de gran belleza. Colón, viudo, rondaba ya los treinta y seis años. ¿Hubo flechazo? ¿Hubo deseos de volver a experimentar ternuras femeninas? ¿Halló en el trato con Beatriz lenitivos para sus depresiones e inseguridades? Lo cierto es que Beatriz dejó de ser doncella y el 15 de agosto de 1488 daba a luz un hijo al que llamaron Hernando, en homenaje al rey Fernando el Católico.

 

 quedar los dos hijos de Colón al partir éste para el primer viaje. Y a verlos a ellos y a Beatriz volvió el Almirante en su regreso triunfal cuando iba camino de Barcelona, donde estaban los Reyes (1493). Nunca más volvería a Córdoba. Nunca más volvió a ver a Beatriz. Lo mismo que no cabía traer de Génova al viejo padre, simple cardador de lanas, tampoco procedía que todo un Virrey de las tierras recién descubiertas y Almirante de Castilla, mantuviera relaciones con una vulgar dama. El, además un predestinado, debía de mantenerse libre de preocupaciones hogareñas, como dice Las Casas, para dedicarse por entero a su empresa. No por eso se olvidó de Beatriz; siguió recordándola más por un problema de conciencia que por amor. Queda atestiguado que le cedió una renta anual de 10.000 maravedíes y cuando Colón emprendió su cuarto viaje le indicó a su hijo Diego que le asignara una pensión de otros 10.000 maravedíes. En su testamento, Colón escribe que “ la atiendan de modo que pueda vivir honestamente. Y esto se haga por mi descargo de la conciencia, porque esto pesa mucho para mi ánima”

La historia de amor, si es que de historia amorosa se puede hablar en las relaciones del genovés con la cordobesa, no da para más. ¿Fue fiel Beatriz al recuerdo del amante? Es de imaginar lo que pasó por el alma de la joven madre, preterida y desposeída de su hijo. Un hijo, Hernando Colón, que tampoco la recuerda, y cuando en su testamento la menciona no da su nombre y escribe “ que Nuestro Señor la perdone”. ¿Perdonar por qué?

Novelescamente, se ha fantaseado en torno al idilio que mantuvo Colón con doña Beatriz de Bobadilla, gobernadora de la isla de La Gomera. Entra en el terreno de las posibilidades que el marino ligur conociera a tal señora antes de recalar por su isla camino de las Indias. Cuando llega Colón a San Sebastián de La Gomera con ánimo de abastecerse y tomar una carabela, curiosamente no baja de inmediato a tierra para saludar a doña Beatriz, sino que envía un batel (pequeña embarcación), y por sus hombres sabe que la señora se encuentra en Gran Canaria. El descubridor se dirige entonces hacia esta isla y se entera que doña Beatriz ha partido ya para la Península el día anterior. 

No se dio, pues, el encuentro. Sí durante el segundo viaje. El testimonio procede de un tal Michel Cúneo, amigo y compañero del Almirante, que en carta sobre el viaje, manifiesta que Colón “ en otro tiempo, estuvo prendado de amor” de Beatriz de Bobadilla. Con base a esto se ha montado toda una aventura sentimental con la ex doncella de la Reina Isabel, de la cual ésta tenía celos porque “ el Rey (le) mostraba alguna afición”, y por eso la apartó de la Corte y la casó con Hernán Peraza, gobernador en las lejanas Islas Canarias.

En realidad la relación entre Colón y Beatriz de Bobadilla fue más prosaica que sentimental. Y se constata que en el segundo viaje los dos personajes hablaron de ovejas y la gobernadora le vendió a Colón sesenta cabezas. 

Sí es cierto, sin embargo, que, por azares del destino, el hermano de doña Beatriz, el comendador Francisco de Bobadilla, sería quien enviara preso a España al Almirante Cristóbal Colón en octubre de 1500. Era el triste retorno de su tercer viaje a América. 

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