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Miguel R. Calderón
Domingo, 25 de junio de 2017

Del Mediterráneo al Atlántico: Colón y los Vikingos (VI)

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Su primera aventura naval la tuvo, según cuenta su hijo Diego, estando al servicio del rey Renato de Anjou que le encargó la persecución de una galera hasta la aguas de Túnez

Colón vivía en un puerto importante, muy relacionado con Levante, Poniente y el África. Muchos caminos del mar arrancaban de Génova conduciendo a diferentes, lejanos y exóticos países. Lógico que estas circunstancias despertaran en un joven como Colón la aventura marinera, sin duda más apasionante que el oficio de cardar lanas que ejercía su padre. 

Hemos de imaginarlo haciendo viajes de cabotaje entre, por ejemplo, Savona y Génova. Su primera aventura naval la tuvo, según cuenta su hijo Diego, estando al servicio del rey Renato de Anjou que le encargó la persecución de una galera hasta la aguas de Túnez (1475). Sobre este tema las opiniones se dividen, pues resulta poco creíble admitir que Colón fuera en calidad de capitán siendo como era todavía un joven de 24 años.

Debió andar de marinero en barcos genoveses que recorrían el Mediterráneo y cabe pensar que conoció las islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia. Hacia Levante, Colón conocería también una serie de islas-colonias dentro del Mar Egeo, dependientes de la República genovesa con las que ésta mantenía relaciones: Corfú, Tenos, Andro, Eskiros, Quíos… En Quíos era muy abundante el lentisco, arbusto del cual se extraía la almáciga, una especie de resina usada con fines terapéuticos y que Colón creyó encontrar en el Nuevo Mundo. De hecho escribe en su diario el 11 de diciembre de 1492 “ que envió a gente a la isla de La Española, encontrando mucha almáciga que en Quíos recogen en el mes de marzo”. Problemas de tipo político determinaron que Génova en 1474 y 1475 enviara dos armadas a Quíos , suponiéndose que Colón marchó en una de ellas.

La siguiente aventura tuvo por escenario el Poniente, y ella marcó su destino definitivamente. En 1476 Colón forma parte de una gran flota genovesa que la República remite a Lisboa, Londres y Flandes para vender resina de lentisco.

El 13 de agosto, encontrándose frente al litoral de Lagos y Cabo San Vicente, la flota fue atacada por una armada de guerra franco-portuguesa mandada por el famoso marino y corsario Guillaume de Casenove, alias Coulon el Viejo, el cual estaba al servicio del rey de Francia en paz con Génova, por lo cual no cabía asaltar sus naves. Sin embargo, alegando que una de las embarcaciones enarbolaba una bandera enemiga, el tal Coulon arremetió contra el convoy. El encuentro fue duro y largo. Al llegar la noche varios barcos y muchos hombres habían sucumbido. Colón , asido a un remo o madero, logró alcanzar la costa. Así irrumpió el marino genovés en Portugal , un país cargado de experiencias náuticas y de proyectos descubridores similares al suyo.

La tercera experiencia de Colón previa al Descubrimiento de América es del año 1477. En la transcripción del texto colombino realizada por su hijo Hernando se dice:” Yo navegué el año de cuatrocientos y setenta y siete en el mes de febrero ultra Tile cien leguas… y al tiempo que yo a ella fui , no estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas”. Más adelante el Almirante manifiesta que vio “ todo el Levante y todo el Poniente que se cree por navegar, esto es, Inglaterra”.

Por su parte en el Diario de la primera navegación (21- XII-1492) confiesa que vio todo el Levante, el Poniente, “ que hice por ir camino de septentrión , que es Inglaterra”. Nada de lo dicho es de extrañar; los genoveses mantenían un amplio tráfico comercial con el Norte de Europa, y en la cartografía italiana se reflejan estas vinculaciones ( mapas de Dalorto, Canepa y Pareto).

La conclusión que podemos extraer es que Cristóbal Colón en 1477 navegó de Lisboa a Inglaterra, pero ese “ultra Tile cien leguas” nos lleva a Islandia y al oeste de Islandia cien leguas, ya que Tile o Thule es tal isla.

Como si adivinara un posible reparo a lo que escribe, Colón se preocupa de testimoniar que el mar no estaba congelado, adelantándose a lo que iban a decir los expertos en navegación y climatología de la zona: que en esa época, febrero, los mares se mantenían congelados y era imposible la navegación.

Como siempre, la duda también se refleja aquí: ¿Estuvo Colón en Islandia e, incluso en Groenlandia, teniendo en cuenta lo de “grandísimas mareas? ¿Conoció las aguas que los vikingos surcaron 500 años antes camino de una América de la que no tuvieron conciencia? ¿Le sirvió esta experiencia para fundamentar su futuro proyecto?.

Es constatable que Colón estuvo en Galway (Irlanda), y que durante su estancia allí contempló una pareja de seres llegados , al parecer, en una embarcación al garete. El genovés piensa que proceden de Catay (China). Probablemente eran esquimales.

En cuanto a su estancia en Islandia quedan las dudas del objetivo del viaje, y por saber si en aquellas regiones del Atlántico Norte recogió noticias sobre Groenlandia y Vinlandia (América).

Los vikingos llegaron a las costas de América en el siglo X. Los vikingos u hombres de la bahía (vik = bahía) que hoy diríamos noruegos, suecos y daneses, determinados por una explosión demográfica y también por avatares bélicos, el deseo de aventura, y ciertos adelantos técnicos que poseían, penetraron por los ríos rusos y descendieron vía Francia, Inglaterra, España y Sicilia (donde establecen un reino) hasta el fondo del Mediterráneo. A Sevilla la atacaron en dos ocasiones, ascendiendo por el Guadalquivir. Por el Atlántico Norte se aventuraron hasta Islandia, desde donde en el año 985 abordaron Groenlandia, en la que fundan dos colonias que prosperaron y mantuvieron contactos de todo tipo con Europa. 

Su decadencia se produjo cuando, aisladas, y sin adecuada alimentación, sufrieron los ataques de los esquimales. Pero antes, y guiados por Leif Erikson (hijo de Eric el Rojo, el fundador del primer asentamiento vikingo en Groenlandia) y Thorfin Karisefno, navegaron más al oeste, hasta la Tierra de Baffin, Markland (Labrador) y Vinland (costa este de EE.UU.).

Las sagas del siglo XIV cuentan estas navegaciones, pero tales viajes con ser heroicos y náuticamente meritorios no significaron nada para la historia de la geografía. El mundo siguió teniendo los mismos límites, y Europa no supo nada de aquello ni tuvo por ende, que variar sus concepciones geográficas. Simplemente no hubo descubrimiento. Es descubrimiento la percepción de la novedad y de lo distinto.

Ciertamente los nórdicos, interesados desde la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento (1892) en presentar a los vikingos como los descubridores de América, no tuvieron empacho llegado el momento, de esgrimir falsos testimonios para avalar sus tesis. Y así surgieron la tumba de un vikingo en la región de Ontario, la piedra con alfabeto rúnico de Minnessota, la torre de Rhode Island o el controvertido mapa de la Universidad de Yale, descubierto en 1957 , donado en 1965 por P. Mallon a la citada Universidad estadounidense ubicada en New Haven (Estado de Connecticut), y que constituía la prueba cartográfica de la llegada de los vikingos a América. Resultó ser una superchería, una burda falsificación cartográfica basada en fuentes clásicas y medievales La crítica señaló muy pronto los fallos de tales vestigios. En el caso del mapa, Groenlandia figuraba nítidamente sin que los hielos la cubriesen, con una asombrosa perfección en sus costas, sólo conocidas mucho más tarde, en los tiempos contemporáneos.

En 2009, el profesor R. Larsen de la Escuela de Conservación de la Academia Danesa de Bellas Artes, aseguró que, tras largos estudios -5 años- de su equipo de trabajo, había concluido que el mapa era auténtico. De todos modos, a día de hoy, sus análisis aún no han sido publicados en ninguna revista científica.

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