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Miguel R. Calderón
Lunes, 7 de agosto de 2017

3 de agosto de 1492: se inicia la epopeya colombina (XI)

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De los 90 hombres que se alistaron en la expedición, 87 han sido plenamente identificados. Una historiadora norteamericana, Alice Gould, no escatimó tiempo para rescatar del olvido la nómina del casi centenar de individuos que integraron las tripulaciones de los barcos colombinos

El plan de navegación colombino era de una enorme sencillez, apoyado en su creencia de que el Océano entre Europa y Asia, por el Oeste, era corto; ir hasta las Islas Canarias y, a partir de éstas, practicar una navegación transversal hacia Poniente usando los vientos alisios del NE. No se le ocurre zarpar de Galicia, pues sabe que por esas latitudes los vientos soplan en contra, ni más al Sur de Canarias, porque es consciente que se lo prohíbe el tantas veces nombrado Tratado de Alcaçovas-Toledo firmado entre Castilla y Portugal en 1479-1480 y por el cual ambas naciones se habían repartido el Atlántico olvidándose del Oeste. Un Oeste donde yacía el objetivo colombino y al cual representaba Cipango (Japón), isla situada en el mismo paralelo de latitud que las Islas Canarias.


En el puerto de Palos de la Frontera Colón podía contar con marineros expertos en la navegación atlántica y deseosos de nuevas riquezas. Sin embargo debía ganarse su apoyo y su fidelidad. Las reticencias iniciales se superaron cuando Colón ganó para la causa a Martín Alonso Pinzón, jefe de una influyente dinastía de marinos andaluces, armador y capitalista. Al parecer, Pinzón era amigo del fraile rabideño fray Antonio de Marchena quien debió de actuar de intermediario entre Colón y Pinzón, el cual, deslumbrado por la idea descubridora-que quizá él también había concebido-, seduce a su hermano Vicente Yáñez, y ambos despliegan una intensa labor de captación de la marinería.


El posible acuerdo que hubo entre el genovés y el paleño –si es que lo hubo- lo desconocemos, pese a que más de un historiador sostiene que Colón prometió a Pinzón compartir fraternalmente las ganancias obtenidas. No pudo beneficiarse de ellas pues regresaría enfermo y, tras recluirse en una propiedad que tenía en Moguer fue llevado al monasterio de La Rábida donde murió.


De los 90 hombres que se alistaron en la expedición, 87 han sido plenamente identificados. Una historiadora norteamericana, Alice Gould, no escatimó tiempo para rescatar del olvido la nómina del casi centenar de individuos que integraron las tripulaciones de los barcos colombinos.


De todos estos hombres reclutados destacaban dos poderosas familias, los Pinzón , de Palos, (Martin Alonso, Vicente Yáñez, Pedro Arias y Juan Martin) y los Niño, de la localidad de Moguer (Juan, Pedro Alonso y Francisco). Los demás eran de la misma comarca: Palos, Moguer, Huelva, Ayamonte… Como excepción se enrolaron diez hombres del norte con Juan de la Cosa (contramaestre y propietario de la nao capitana, vizcaíno pero residente en El Puerto de Santa María) y cinco extranjeros de Venecia, Génova, Calabria y Portugal. Cinco de los marineros se beneficiaron de una provisión real, entre ellos Bartolomé Torres, asesino del pregonero de Palos, y tres amigos suyos que, al intentar ayudarle a escapar, habían incurrido en la misma pena.


No navegaron frailes, soldados ni mujer alguna, pero sí un puñado de marineros, grumetes (algunos no pasaban de los 12 años), artesanos, técnicos (desde carpinteros hasta médicos) y oficiales reales, como el “veedor”, para controlar los supuestos ingresos correspondientes a la Corona; el “alguacil de la armada” que era Diego de Arana (primo de doña Beatriz de Arana, la amante cordobesa de Colón) y Luis de Torres, un judío converso que hacía de intérprete de árabe y hebreo. Entre todos ellos cabe destacar también por su protagonismo, el conocido como Rodrigo de Triana, el hombre que dio la voz de ¡Tierra! y que en realidad era un tal Juan Rodriguez Bermejo del que aún se discute si era trianero o de Lepe. Según Alice Gould, entre los acompañantes de Colón, figuraron dos- Pedro de Terreros y Juan Quintero- que estuvieron a su lado durante sus cuatro expediciones al Nuevo Mundo.


Los barcos del gran proyecto eran dos carabelas y una nao, la “Gallega”, propiedad de Juan de la Cosa, rebautizada como Santa María, la capitana, donde navegaba Colón. Una de las carabelas tenía el aparejo latino de velas triangulares, la Niña, ( llamada también “Santa Clara” y cuyo dueño era el moguereño Juan Niño), pero fue transformado en otro de velas cuadradas en las Canarias. Por su parte la Pinta pertenecía a otro vecino de Moguer, llamado Cristóbal Quintero, casado tal vez con una señora de la familia de los Pinto.


Las carabelas tenían una capacidad de 70 toneladas, mientras que la nao, menos alargada y con castillo en la proa, superaba las 100. La Pinta era la más marinera y la que alcanzaba mayor velocidad con las velas desplegadas. La Niña, sin embargo, fue notable por su resistencia. Era la favorita de Colón y la hizo su nave capitana tras perder a la nao Santa María. El almirante norteamericano Samuel E. Morrison la consideró “Uno de los más grandes entre los pequeños barcos de la historia del mundo”.


Los pertrechos de a bordo incluían, en primer lugar, la provisiones, que venían a pesar unos 130 kilos por hombre; agua para seis meses de navegación y alimentos para quince, sobre todo harina, bizcocho, tocino, garbanzos, arroz, pescado en salazón, miel y vino. Hay que añadir baratijas y chucherías (espejitos, cascabeles), para intercambiar con los nativos , y el armamento, que era limitado: lombardas, falconetes fijos, mosquetes, arcos, ballestas, lanzas, adargas, cascos , escudos y provisiones de pólvora. Como la expedición no era de conquista ni de poblamiento, no se embarcaron caballos, sino sólo cerdos y gallinas, que se sacrificarían a bordo para ser utilizados como alimento.


Y llegó el día de la partida, 3 de Agosto de 1492. El abandono del puerto de Palos de la Frontera se efectuó a las ocho horas, al amanecer, y es de imaginar que alguno de los numerosos grumetes embarcados cantaría el habitual saludo diario:
“Bendita sea la luz,
y la Santa Veracruz
y el Señor de la Verdad
y la Santísima Trinidad;
bendita sea el alba…”


Arrebujados en el frío del amanecer, parientes, amigos y frailes decían adiós entre entristecidos y expectantes. ¿Descubrirían algo? ¿Entrarían en relación con las gentes del Gran Khan? ¿Hallarían casas con tejas de oro? ¿Caerían al abismo las embarcaciones? ¿Serían pasto de horribles monstruos? ¿Los apresarían los portugueses? ¿ Volverían…?


La partida era recogida así en el Diario de a bordo de Colón: “ Partimos viernes, 3 días de agosto de 1492 años de la barra de Saltés, a las ocho horas. Anduvimos con fuerte virazón ( viento procedente del mar durante el día) hasta el poner del sol hacia el sur sesenta millas, que son 15 leguas; después al sudoeste y al sur, cuarta del sudoeste que era el camino para las Canarias”

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