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Miguel R. Calderón
Domingo, 27 de agosto de 2017

La vida a bordo durante la travesía del Atlántico (XIV)

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La vida en el mar de los hombres de finales del siglo XV estaba toda ella impregnada de religiosidad. La marinería y la oficialidad, consideraban que el auxilio de Dios era imprescindible en los avatares de la navegación. En la flotilla colombina el tiempo transcurría entre cantinelas en las que de continuo se invocaba a Dios y a la Virgen. Nada más amanecer, un grumete anunciaba el alba cantando “bendita sea la luz, y la Santa Veracruz…” Seguía el rezo de un Padre Nuestro y un Ave María, cerrándose la plegaria con un “Dios nos dé buenos días; buen viaje; buen pasaje haga la nao…” etc.


El desarrollo del tiempo no se medía por horas, sino por guardias y ampolletas o relojes de arena a los que daba la vuelta cada media hora un grumete, al tiempo que entonaba “buena es la que va, mejor es la que viene…”


Cada guardia de cuatro horas significaba ocho ampolletas. Las tripulaciones estaban divididas  en dos guardias de cuatro horas cada una, haciéndose los relevos  a las tres a las siete y  once. Al frente de cada guardia había un oficial, existiendo una guardia de babor y otra de estribor. 


En el momento de de iniciarse la primera  guardia de la noche y apagarse el fogón, un grumete gritaba ”Bendita sea la hora, en que Dios nació, Santa María que lo parió…” Siempre Dios y la Virgen. Los sábados el ritual se enriquecía con el canto de la salve en un momento hermoso y espectacular que sobrecogía el ánimo de aquellos rudos marineros. Para cualquier maniobra se recurría a una saloma o cantinela, usándose un idioma o lenguaje especial.


Al atardecer los barcos procuraban reunirse para cambiar impresiones sobre la marcha de la navegación y recibir instrucciones. Luces convenientemente situadas señalaban la posiciones de las naves. Vigías en la popa y  cofa oteaban de continuo el horizonte , listos para anunciar cualquier novedad que se produjera.


El comando conjunto de los tres barcos  correspondía al Capitán General, y las órdenes emanadas del maestre o del piloto llegaban a la marinería a través del contramaestre. 


Nada era cómodo a bordo de las embarcaciones. La gente se alojaba en el combés, con el cielo por techo y en caso de mal tiempo se metía bajo la tilla o pequeña cubierta a proa. Los oficiales disponían de un cubículo bajo cubierta, con no más de una cama. A falta de cámara podía limitarse con lonas un lugar llamado “rancho”. Sólo Colón, disfrutaba de una pequeña y sobria cámara o chupeta, amueblada con una mesa, un sitial, una silla, una cama de dosel, un arcón para la ropa y un cofre para la documentación. En el suelo, una especie de alfombra y en las paredes alguna pintura de temática religiosa, alguna bandera y el estandarte real.


Los marineros usaban una caja para dos. No era mucho lo que tenían que guardar. En ocasiones no llevaban otra ropa que la puesta, y ésta la representaban el gorro o bonete de lana, el papahígo o gorra con pico por delante, las calzas, un capuz a modo de cogulla, una ropeta o camiseta y el gabán o sobretodo  de paño pardo con capucha, muy usado por Colón, que le daba un aspecto de fraile.


Había momentos de ocio, empleados en nadar, pescar, conversar fabulando lo que esperaban descubrir o rememorando lo dejado atrás. Nada más sabemos  de la manera con que a bordo distraían la holganza. Probablemente jugaban con dados y barajas, tal y como lo harían más tarde los conquistadores, pese al veto que pesaba sobre estas aficiones. La pasión por el juego era tal , o la necesidad de esparcimiento tan grande, que construían naipes con los parches de los tambores. El tipo de expansión dependía mucho de la condición  social y cultural del individuo. No nos imaginamos a Cristóbal Colón jugando una partida de mus con Juan de la Cosa, Pedro Alonso Niño y Diego de Arana. De todos modos, la casi nula vida íntima a bordo estrechaba los lazos entre los hombres más cercanos unos a otros en  el mar  que en la tierra.


Haciendo un paréntesis en nuestro relato, el tema de las diversiones y  el conjunto de recreos con que las tripulaciones llenaban sus horas de inactividad ha dado lugar a una abundante historiografía de evasión, inspirada en las fuentes originales- el Diario colombino-, en las cuales los autores recrean situaciones y circunstancias que completan el cuadro. Ahora bien, en ocasiones estas obras han pecado de anacronismo, de banalidad, cuando no de frivolidad. No nos sirve para nuestro caso el “Journal  de bord de Jean de la Cosa” de Ignacio Olagüe , que es una nueva copia del de Colón; ni  “El arpa y la sombra”, de Alejo Carpentier, donde se narra un romance entre la Reina Isabel y Colón; ni las absurdas y estrafalarias  “Memorias de Cristóbal Colón” de Stephen Marlowe,  donde Diego Colón, a punto de casarse con Felipa Moniz de Perestrello, es sustituido por su hermano Cristóbal, que llega justo a tiempo de interrumpir el matrimonio. Más aceptable resulta  la obra de Vicente Blasco Ibáñez “En busca del Gran Khan”, que, salvo la licencia de incorporar a las tripulaciones una jovencita disfrazada de grumete, conduce el relato por los carriles de las fuentes históricas. El relato de Blasco Ibáñez no ha sido superado; el novelista valenciano procura no incurrir en dislates, falsificaciones ni en la inclusión de hechos que nada tienen que ver con la secuencia histórica. Sus recreaciones son posibles , y muchas de ellas seguro que tuvieron lugar como acontece en la escena en que la gente divierte el descanso con guitarras y canciones.


Volviendo a la vida cotidiana en los barcos colombinos, cada guardia era responsable  del trabajo, salvo cuando una emergencia requería la colaboración de todos. La tarea servía para baldear la cubierta, izar y arriar velas,  orientar las mismas y las vergas, reparar aparejos, hacer estopa, achicar agua de la sentina, etc.


Al reclamo de la “llamada a tabla” mediante pregón, acudían a comer en mesas armadas para tal menester y si el tiempo lo permitía. No existía cocinero o, por lo menos, no figura entre los oficios conocidos de los hombres del primer viaje. La vajilla estaba representada por piezas de estaño, de vidrio o de loza sevillana, o de madera y barro en el caso de los marineros que empleaban , sobre todo, un cuchillo y las manos.


Había un desayuno ( bizcocho, ajo, queso, sardinas en escabeche),  y  una única comida caliente que tenía lugar hacia las once del día. Para la confección de los condumios  se usaban unas tinajas de barro, donde se almacenaba agua, vino, vinagre, aceite; cajas y fardos de bizcocho, tocino, almendras, pasas, lentejas, harina, pescado y carne salada, miel, etc. Resulta inimaginable la acción de cocinar para tanta gente en el pequeño fogón. Para cumplir con  ciertas actividades fisiológicas  se usaban unos asientos, que hacían las veces  de retretes, colgados sobre popa y proa. Eran conocidos con el nombre de “jardines”. A la actividad fisiológica se le denominaba “dar la banda”.

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