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José Simón Marín (*)
Jueves, 31 de agosto de 2017

Animal de carga

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“Pero profe, esas mujeres ganan mucho dinero por pasar un solol paquete”, es el comentario que más de un alumno me hace cada curso escolar cuando planteo el debate de los porteadores en la asignatura de Valores Éticos. El fin lucrativo parece siempre una buena justificación para aliviar así nuestras acomodadas conciencias. Desde la infancia nos educan en perseguir y justificar esa finalidad, utilizando cualquier medio legal al respecto. Desde tributar lo mínimo posible a la especulación masiva que produjo la famosa burbuja inmobiliaria, la búsqueda incansable de beneficio económico a expensas de la moral se impone una y otra vez. La legislación marroquí permite a los porteadores llevar consigo equipaje de mano de cualquier tamaño, con el único límite de que éste no intercepte el suelo. Con esa legislación es fácil de prever las funestas consecuencias en la frontera con mayor diferencia de Producto Interior Bruto a ambos lados del mundo. Recuerdo la conferencia de un inmigrante camerunés en la que reconocía que el momento más traumático de ese larguísimo y peligroso viaje por el continente africano fue aquel en el que observó horrorizado la valla de Ceuta. Miedo y muerte se unen en un lugar espeluznante.


“Pero profe, esa gente que traslada paquetes lo hacen porque quieren, podrían dedicarse a otra cosa”. Frente a este último comentario también muy habitual en las aulas, invito a alumnado a la reflexión. Cuando hay necesidades imperiosas que cubrir, ¿tenemos la posibilidad de una elección “libre y consciente”? Que esas personas tengan la posibilidad remota de elegir otro tipo de vida no justifica una situación claramente inmoral que vulnera los derechos humanos. Decía el filósofo alemán Immanuel Kant: “Trata a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como fin y nunca como medio”. La economía y sus consecuencias nefastas obligan a esas pobres personas a instrumentalizarse indignamente. Se convierten así en una animal de carga, haciendo un trabajo en condiciones vejatorias que evoca en la mente del aficionado a la literatura la situación de los animales de la obra orwelliana “Rebelión en la granja”. Esa obra nos hizo apiadarnos de los animales, y a día de hoy nuestra moral rechaza en buena medida el trato cruel que aún reciben. La moral, como dijo el relativista Hume, es una cuestión de sentimiento imperante en cada época concreta. Si una acción provoca un sentimiento generalizado de rechazo en un grupo social específico, esa acción será considerada mala, en ese contexto y circunstancia. Me resisto a creer que en nuestra época el fallecimiento por aplastamiento de dos humildes mujeres en el paso de El Tarajal no provoque en la audiencia ceutí y española un sentimiento generalizado de repulsa e indignación. Espero no equivocarme, y que juntos rechacemos vehementemente esta situación intolerable. El caso de los refugiados sirios  (¿por qué le llamamos “refugiados” si no le damos “refugio” alguno?) parece que ya muestra el carácter indolente del europeo medio. Si este caso no conmueve a nuestra sociedad ni exigimos responsabilidad alguna ni medidas que eviten en el futuro más muertes habremos confirmado la pasividad inmoral en la que vivimos instalados.  

 

* Profesor de filosofía del I.E.S. Siete Colinas

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