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Miguel R. Calderón
Domingo, 3 de septiembre de 2017

Diario de a bordo: “navegó su camino al oeste” (XV)

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Al amanecer del domingo día 9 de septiembre se encontraba la flotilla colombina   a nueve leguas a Occidente , según  escribiría más tarde Hernando Colón en su obra “Historia del Almirante”. Durante toda la mañana y parte de la tarde seguían siendo visibles la costa de la isla de Hierro y el pico del Teide. Al caer la noche la tierra había desaparecido por completo, y frente a sí se extendía un inmenso, desconocido y terrorífico océano o “golfo” como ellos decían. Nunca nadie, escribe Bartolomé  de Las Casas, se había “engolfado” tan lejos de tierra como lo iban a hacer estos hombres.


Desde el día 8, las anotaciones  diarias en el libro de a bordo reiteran machaconamente  que Colón “tomó su vía y camino hacia el Oeste”.  Es una  referencia  que adquiere tintes obsesivos. Evoca al ritual comienzo de los Evangelios: “In illo tempore”. Aquí, en lugar de “En aquel tiempo”, lo que se repite con reiteración es el:” Navegó su camino hacia el Oeste”.  


El rumbo oeste o hacia Poniente mantenido durante días y días venía impuesto , en primer lugar, por la concepción del plan descubridor colombino y, en segundo, por el deseo de los Reyes Católicos de respetar el acuerdo con Portugal.


El hijo del Almirante, don Hernando Colón,  dirá que su padre llegó a creer sin la menor duda, que al occidente de las Canarias y de Cabo Verde habían muchas tierras posibles de descubrir. Don Hernando cita dos archipiélagos cual referencias, los dos anteriormente nombrados. Uno castellano y otro portugués. En 1492, en una empresa castellana y existiendo por medio un pacto que reservaba para Portugal la zona al Sur del paralelo de Canarias, se hacía imposible partir de Cabo Verde. Eso lo hará Colón en su segundo viaje, cuando ya ha cambiado la situación en el Atlántico por nuevos acuerdos. En aquella expedición de 1493 (la segunda), singlaron hasta Cabo Verde, donde les impresionaría ver una colonia de leprosos europeos  que  intentaban curarse de su mal con baños de sangre de tortuga.


La otra razón del rumbo continuo hacia el Oeste en 1492 obedecía a un imperativo de los Reyes castellanos. Cuando Colón regresa de su primer viaje y toca puerto primeramente en Lisboa, se entrevista con Juan II de Portugal y le confiesa que los Reyes Católicos le habían mandado que no navegara a San Jorge de la Mina( bastión portugués localizado en las costas africanas en la actual Ghana) ni a Guinea. La noticia sería confirmada por el cronista Jerónimo de Zurita. Pero, además, Colón le dijo al monarca lusitano que, atendiendo a esa orden, había navegado siempre en dirección a Poniente, sin descender al Sur de la latitud de Canarias . Una mentira. Algunos días, los pilotos introducirían ligeras variantes de rumbo por causa de los vientos o en demanda de imaginarias islas situadas al Suroeste de su dirección. Y por si fuera poco,  en los tramos finales de la derrota, sufrió el rumbo un cambio decisivo.


Colón respetó el sureño mar africano reservado a Portugal y de ahí su reincidente y testimonial anotación “Navegó su camino al Oeste”. Porque el Oeste era “su principal camino” en palabras de su hijo Hernando.


La terca anotación colombina, evidencia de la fijeza de sus ideas, constituía para él un estímulo como en siglos venideros lo sería el lejano Oeste para los colonos norteamericanos. Para Colón no había otra dirección que la del Oeste, y hemos de imaginarlo rogando a Dios por el envío continuo de vientos del Este. Pero  lo que para él era un acicate,  para sus compañeros era ya motivo de preocupación. Demasiado tiempo con la misma derrota (rumbo). El día de la partida había quedado  ya muy atrás. Más de uno se preguntaba – y le preguntaba al amigo- si volverían a Palos de la Frontera, a Huelva, a Lepe, a Moguer, al litoral de toda la vida donde estaban sus mujeres y sus hijos.


Volviendo al día  9 de septiembre, el diario contiene en la citada fecha tres afirmaciones de gran interés:


1)Colón decide llevar una doble cuenta de lo navegado


2)Los marinos navegaban mal


3)Colón se vio obligado a reñirles


Don Hernando Colón añade una cuarta circunstancia: Más de uno suspiraba y lloraba al  perder de vista la tierra, temiendo que tardarían mucho en regresar.


Las tres fuentes básicas para el conocimiento del viaje, el Diario, Hernando Colón y Bartolomé de Las Casas, coinciden en decir que el ilustre descubridor  acordó hacer dos cuentas de las aguas que recorrían cada día y cada noche y que los marineros llamaban “singladuras”. Fray Bartolomé explica tal conducta en función de la prudencia colombina. Característica de la prudencia es prevenir lo que pueda acontecer. Por eso Colón, hombre muy prudente, previendo lo que pudiera suceder en un viaje “tan nuevo  y tan dudoso y de muchos tenido por imposible”, y pensando que si se alarmaba más de uno se inquietaría y angustiaría, decidió, para evitar esto, hacer dos cuentas. Una, la que él creía auténtica, la ocultaba; la otra, la que comunicaba, tenía ocho o diez leguas de menos. La artimaña resultó ser un fiasco, porque lo que Colón daba como falso era lo verdadero; aparte de lo difícil que se hace admitir que fuera capaz de engañar a los  experimentados pilotos y maestres. No falta quien opine que en este aspecto el Diario sufrió retoques o una posterior redacción. Si, por otro lado, Colón estaba seguro que a 750 leguas había tierra, el ardid no tenía ninguna razón de ser. ¿ O es que, tal vez, no estaba seguro?


Las otras afirmaciones afectan a la entereza y experiencia de las tripulaciones. Claramente Colón y Las Casas también consignan que la marinería gobernaba mal. ¿Era una acusación a la marinería o a los capitanes, maestres y pilotos? Los marineros  sólo hacían lo que les ordenaba el contramaestre, que recibía las instrucciones directamente del maestre o del piloto. Los barcos, según los estudios realizados por Julio Guillén, militar e historiador alicantino, querían seguir  navegando  hacia Poniente pero,  queriendo llevar la proa hacia el Oeste, los timoneles gobernaban tan mal que se les iba al O ¼  NO.


Hernando Colón, dispuesto a  presentar a su padre por encima de sus acompañantes, pinta un cuadro conmovedor; por un lado, los que suspiran y lloran; por otro, Colón animándolos a todos y prometiéndoles encontrar muchas tierras y riquezas “para que tuviesen esperanza y disminuyese el miedo que tenían a tan largo viaje”


Que la marinería, entre la cual se encontraba un buen número de grumetes, gente juvenil e incluso  casi infantil, en un momento dado diera muestras de pusilanimidad, resulta humano y explicable. Lo desconocido, lo no experimentado, era motivo de recelos y reservas. Estaba además el cúmulo de fantasías sobre el océano: abismos insondables donde los barcos podían despeñarse o perderse, hierbas apresadoras que se mezclaban con nieblas, aguas hirvientes, monstruos que surgían de las profundidades y atrapaban a los barcos… Algunas de estas ideas y creencias pudieron afectar a más de uno, pese a ser un hombre curtido y avezado, que con frecuencia arriesgaba la vida en navegaciones que, eso sí, sabían adonde iban. Ahora primaba la incertidumbre ante un “ viaje nuevo y no navegado”

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