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Arturo Fuentes Cabrera
Lunes, 23 de julio de 2018

Alberto...y Amén

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En mi casa apenas hay tesoros materiales, solo humanos. Si acaso, algunas viejas medallas de la Virgen de África, una pequeña Dolorosa a la que venerar, unos cuadros pintados con retazos de fervor, libros sobre las pasiones que nos entusiasman o antiguos discos de vinilo que giran al compás de roncas cornetas. Pero, desde el pasado viernes, hay uno más.

 

Todo empezó cuando, allá por el pasado año, el poeta Alberto García Reyes era nombrado pregonero de la celebración del VI Centenario de la llegada de Nuestra Amantísima Patrona a nuestro istmo de tierra, a nuestro “puñetazo en el mar”. Un pregonero con altura de miras, muy a la altura de las circunstancias, de la efeméride.

 

Alberto es periodista, ha sido pregonero de la Semana Santa de Sevilla, y poco voy a poder decir de él que no se haya dicho ya, o sí. Además de todo eso, Alberto García Reyes es una gran persona, llena de bondades, de sapiencia, de humanidad y de todos los valores posibles que hacen de alguien un buen cristiano, el mejor título que uno puede obtener en la vida. De las que quedan pocas. Enamorado del flamenco, las letras que escucha le sirven para reverberar en lo que escribe.

 

Alberto es un escritor versátil, amante de la métrica y del compás, de las tradiciones de su Sevilla natal y, desde hace algún tiempo, también amante de los vientos que acarician nuestras orillas al compás de las nanas que él escribe, como la de su pregón del pasado viernes.

 

Entre los libros de historia editados en nuestra ciudad, desde ya debería contarse con el pregón de Alberto. Una obra literaria en las antípodas de las olvidadizas memorias caballas. ¡Le dijo a la Virgen de tó!. Y qué cosas más bien dichas. Un alegato al amor celestial, al terrenal, al maternal y al paternal, a la misericordia, a la singularidad de este trozo de tierra española y a la imperial realeza de Nuestra Patrona. “Aquí la que manda es Ella”, y bien que lo recalcó.

 

No contento con dejar boquiabierto a este humilde escribiente, le demostró su amistad de la forma más bella posible, bajándose del atril, firmando el pregón que acababa de recitar y entregándomelo como presente. No me pregunten el porqué, todavía no encuentro el motivo. Pero sé que es por la amistad que Santa María de África nos ha regalado, de la que nos ha hecho partícipes. Ese regalo no lo olvidaré nunca, y así podré contar que en mi casa, en el cofre de mis más preciados tesoros, está el texto que un poeta, pregonero de María Santísima, le ofreció a mi Madre, a Nuestra Madre.

 

Y también podremos contar que, allá por los seis siglos de Santa María de África en nuestra ciudad, un sevillano pregonó con voz caballa, a los cuatro vientos y sin complejos, que aquí la que manda es la que recoge nuestras oraciones en el Santuario día a día y cuida a los caballas, a los que nacimos aquí y a los que no, a los que la tenemos día a día, y a los que desde la península nos traen las olas a nuestras orillas.

 

Y a esa ola y su vaivén,

le contaré cuando quiera,

que la voz más pregonera,

es la de Alberto, y Amén.

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