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Domingo, 21 de febrero de 2016

Verdún y Somme, las batallas más inútiles de la historia

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La guerra de 1914-1918 de la que hace escasos dos años se conmemoró el centenario de su inicio, representó la desastrosa apertura del siglo XX; no sólo por la terrible estela de muertos y devastación que dejó tras de sí, no sólo por las injusticias, las frustraciones, los gérmenes de nuevas guerras – la atroz II Guerra Mundial de dos décadas más tarde – que, después del fracaso de la Paz de Versalles, heredaron los europeos y los demás pueblos, sino porque dio origen a una “cultura bélica”, del odio y de la barbarie y como dice el historiador Jacques Le Goff , “ la guerra de 1914-1918 produjo y difundió mundialmente los horrores y las neurosis destructivas del siglo XX”. Así, y solamente así, fue la Gran Guerra.

 

Hasta finales del siglo XIX, aunque Europa vivía en la incertidumbre, la guerra parecía improbable. Las tensiones internacionales no eran lo suficientemente agudas para provocar el conflicto armado. Sin embargo, los primeros años del S. XX se caracterizaron por el ininterrumpido desarrollo de las pasiones nacionalistas, lo que tornaba a los Estados europeos susceptibles, irritables y deseosos de prestigio.

 

Al principio los países creían que la guerra iba a ser corta, pero duró cuatro años largos; se sabía que iba a ser sangrienta, pero nadie había previsto que costara la vida a 8,5 millones de personas. La I Guerra Mundial fue la primera contienda de la Historia en la que participaron simultáneamente las principales potencias del mundo: Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia, Imperio Austro-Húngaro, EE.UU. , Japón, entre otras. Fue también la primera de carácter total, es decir, que movilizó todas las energías de los países beligerantes, que alinearon para ella poderosos efectivos. Y, por último, con el pretexto de conseguir la unidad y disciplina necesarias durante el conflicto, los Estados impusieron su autoridad sobre los derechos del individuo.

 

Comenzada la guerra, ésta pasará por dos fases cruciales: la guerra de movimientos y la guerra de trincheras. La batalla de Verdún de la que ahora (hoy 21 de Febrero) se cumplen 100 años de su comienzo, pertenece a la segunda fase . En ella lucharon franceses y alemanes, quedando para la historia como uno de los símbolos más dolorosos de toda la contienda.

 

La víspera de la Navidad de 1915, el general Von Falkenhayn presentó un memorándum al káiser Guillermo II para una nueva ofensiva en territorio francés, en el frente occidental. Esta vez el objetivo del nuevo ataque alemán –tras la batalla del Marne- era el campo fortificado de Verdún que, antes de la guerra, la propaganda francesa había declarado inexpugnable. Falkenhayn contaba con el efecto psicológico que la caída de la ciudad podía tener en el Gobierno y en toda Francia.

 

Según sus planes, la ofensiva debía limitarse a un sector restringido. El 21 de Febrero de 1916 , después de que el mal tiempo hubiera obligado a retrasar el ataque diez días, la artillería alemana empezó a atacar las posiciones francesas. La moral de éstos estaba por los suelos. Los batallones del coronel Driant habían perdido 1.800 hombres de un total de 2.000 el primer día de ataque. Según el mando alemán el mariscal francés Joffre se vería obligado a concentrar allí grandes efectivos.

 

Durante veinte días la infantería germana progresó en los bosques que rodeaban Verdún y tomó los fuertes de Duamont y Vaux, avanzadas de las fortificaciones galas. Las comunicaciones por ferrocarril con la retaguardia quedaron cortadas. La artillería alemana - que llegó a sumar 2.200 piezas- machacaba diariamente las posiciones enemigas. Los combates cuerpo a cuerpo, en medio de la lluvia y el barro, con empleo de granadas y lanzallamas se generalizaron. Joffre, sin embargo, no cayó en la trampa. Mantuvo el grueso de sus fuerzas en otros sectores y continuó preparando la ofensiva que proyectaba para el verano en el río Somme al NO. de Francia.

 

El mariscal Pétain fue nombrado comandante de la plaza de Verdún, recibiendo órdenes de resistir con los efectivos de que disponía. Aún así, se organizó un turno de combatientes a través de la carretera de Bar-le-Duc – “la vía sagrada”- que permitió el envío continuo de tropas de refresco sin comprometer nuevas unidades.

 

La maniobra del jefe del Estado Mayor alemán se volvió en su contra. Verdún se convirtió en un mito de la resistencia francesa. Durante cuatro meses , en un infierno de fuego y fango, los hombres de Pétain siguieron la consigna de su jefe: “¡ Courage, Courage” ¡ y resistieron en sus posiciones.

 

El 24 de Junio, en plena ofensiva de los rusos en el este, Falkenhayn ordenó detener la ofensiva. La batalla podía considerarse ya una derrota alemana. Aunque las bajas francesas eran unos 315.000 hombres, los alemanes habían perdido 282.000 en su inútil empeño y, lo que era peor, el enemigo estaba en condiciones de pasar a la ofensiva en el Somme.

 

En esta nueva maniobra, preparada por Joffre, el objetivo era al igual que el de Falkenhayn en Verdún, agotar al enemigo y logra la ansiada ruptura que le obligase a replegarse. El peso de la batalla debía recaer en las fuerzas expedicionarias inglesas al mando del general Douglas Haig, pero en la margen izquierda del río Somme el francés Fayolle disponía asimismo de 14 divisiones y una imponente artillería.

 

El 1 de Julio de 1916, los aliados lanzaron unos 100.000 hombres contra las posiciones alemanas. Los germanos habían tenido que desviar parte de sus efectivos hacia el frente ruso. Durante tres meses se desarrolló una batalla de desgaste en una zona erizada de obstáculos. La imponente superioridad de los franco-británicos, que utilizaron los tanques por primera vez, no sirvió de nada frente a la tenaz defensiva alemana. La ofensiva fracasó. Las pérdidas humanas superaron esta vez los costos de Verdún.

 

La despiadada táctica de desgaste puesta en práctica por el Alto Mando aliado fue fatal para cientos de miles de jóvenes combatientes. Las trincheras se convirtieron en trampas de muerte. Los soldados, en medio de la lluvia y el barro, no podían salir de las mismas pues eso suponía ser barridos por las ametralladoras enemigas. Las enfermedades hacían estragos. Muchos combatientes sufrieron depresiones que provocaban un estado de ánimo, lo más alejado de lo que debía hacer un soldado. Los franceses le llamaron “caffard” y los suicidios en las trincheras se convirtieron en algo habitual. De ahí surgirían alegatos contra la guerra y literatura abundante. El mejor ejemplo fue la novela de Eric Marie Remarque ,”Sin novedad en el frente” llevada al cine posteriormente.

 

Cuando en el mes de Octubre se detuvo la ofensiva del Somme, los alemanes habían perdido casi medio millón de hombres, pero los británicos, que habían llevado el peso del ataque, habían sufrido unas 420.000 bajas y los franceses cerca de 200.000. Tras aquél aquelarre de muerte y destrucción y sin avances significativos por ninguna de las dos bandos, éstos quedaron tan agotados tras Verdún y el Somme que el frente francés tardaría muchos meses en recuperar su plena actividad.

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1 Comentario
Fecha: Domingo, 21 de febrero de 2016 a las 16:05
Silvio Ageloff
Sin querer restarle méritos a la novela que cita Miguel R. Calderón, "Sin novedad en el frente", de Eric Marie Remarque, cabría traer aquí la inolvidable novela "Los cuatro jinetes del Apocalipsis", del valenciano Blasco Ibáñez. Aparte de una bella prosa y una trama que empieza en una estancia argentina y acaba en la Francia de la 1 Gran Guerra, en la que dos familias pertenecientes a un tronco común se enfrentan cada miembro de ellas en bandos distintos, en el francés y el alemán, las descripciones del ambiente prebélico y las miserias y los enamoramientos llevan, todo ello, a la enorme descripción que hace Blasco de uno de los capítulos de la sangrienta batalla del Somme. Blasco es recordado por sus novelas naturalistas, tales como La barraca, Cañas y barro y otras, que tienen como telón de fondo la huerta valenciana, sin embargo, sus otras novelas, como esta de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, están un tanto olvidadas inmerecidamente. Léase, pues, a Blasco, y en concreto esta que cito aquí y disfrutará el lector no solo de una bella prosa, sino que su lectura podría ser puerta de entrada al estudio del porqué de la 1 Gran Guerra, cuya paz cerrada en falso condujo a la 2 GM.

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