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Domingo, 24 de abril de 2016

Miguel de Cervantes: El novelista inmortal

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Con sólo dos obras le basta a Cervantes para ser uno de los mayores escritores del mundo: el Quijote y las Novelas ejemplares, que para él no parece que fueran más de doce. Él quiso ser también, además de gran novelista, autor de obras de teatro y poeta. Sin embargo ni uno ni otro de ambos talentos se han querido reconocer de muy buen grado, pero de fijo que si él no fuera el autor del Quijote, los mismos que lo criticaron en su momento, considerarían acertada su labor poética y teatral. Y eso que las comedias de Cervantes tuvieron que luchar con las de un rival que se llamaba Lope de Vega. ¿Quién habría hecho caso a Los Tratos de Argel, La Numancia , por poner dos ejemplos, aunque hubiesen sido verdaderas maravillas, en una época en que brillaba Lope, como el “Fénix de los Ingenios”? ¿Y quién iba a prestar atención a los versos cervantinos, cuando no quedó nadie que no le conociera como el autor del Quijote? Quiero decir con este preámbulo que al cerebro humano tan dado al encasillamiento, le resulta difícil comprender que donde hay sitio para colocar a un hombre (Cervantes) como novelista , resulta impertinente el querer tener el don de la ubicuidad, y ocupar, también, “otras casillas” (léase poesía y teatro).

 

La vida de Cervantes, si nada tuvo de cómoda y regalada, fue la más adecuada para conocer a fondo el mundo, el muy bajo, reflejado en su magnífica novela picaresca Rinconete y Cortadillo, y también el situado a mucho más alto nivel. Nacido en Alcalá de Henares, no se sabe en qué día, aunque sí que fue bautizado el 9 de Octubre de 1547, era de familia hidalga, pero de escasos recursos. Su abuelo, el licenciado Juan de Cervantes, ejerció la abogacía en Córdoba, donde según Rodrigo Marín había nacido, aunque, para el desempeño de diversos cargos de justicia, tuviera que estar ausente de ella alrededor de treinta años.

 

Parece que cuando el licenciado Juan de Cervantes se ausento de Córdoba, estaba ya casado con doña Leonor de Torreblanca, perteneciente a una de las principales familias cordobesas. En Alcalá de Henares le nació al matrimonio un hijo llamado Rodrigo, quien, andando el tiempo, practicó en la misma ciudad la carrera de médico cirujano. De éste médico y de doña Leonor de Cortinas, con quien casó, nacería Miguel de Cervantes Saavedra, que tuvo otros hermanos, tres varones y tres hembras.

 

De su educación poco es lo que con certeza se sabe, aunque se le ha supuesto estudiando gramática latina y castellana en Madrid por los años de 1561 y 1562; aprendiendo con el maestro Jerónimo Ramírez a leer a Horacio, a Virgilio, a Ovidio, y devorando también con afán aquel Amadís de Gaula modelo de libro de caballería. Fue igualmente discípulo hacia el año de 1561 del maestro López de Hoyos, sacerdote y catedrático en el Estudio y Universidad de Madrid. Fue este personaje, que le llamaba con orgullo “mi caro y amado discípulo”, quien valiéndose de la amistad que tenía con el cardenal Espinosa, hizo que Cervantes fuera nombrado camarero en Roma del cardenal Acquaviva, el cual había sido legado pontificio en Madrid. Con ello tenía asegurada la vida, lograba ver mundo y sobre todo conocer las tierras de Italia; pero su educación quedaba truncada y no pasó nunca de ser mediana, como algunas veces le echaron después en cara sus enemigos llamándole “ ingenio lego” porque no podía presentar los títulos que otros exhibían, con muchísimo menos talento que él.

 

Algunos años pasó en Italia; pero, de pronto, lo hallamos alistado, bajo las órdenes del capitán Urbina, en el célebre regimiento de infantería de Moncada, quien a su vez servía a las órdenes de Marco Antonio Colonna, a cuyo hijo está dedicada la Galatea, novela pastoril cervantina. La ardiente sangre juvenil de Cervantes no debió de hallarse muy en su elemento ejerciendo de camarero de un cardenal, y, convertido ya en soldado, nos lo encontramos en 1571 combatiendo en la batalla de Lepanto, donde recibió dos arcabuzazos en el pecho y se quedó con la mano izquierda inutilizada, aunque no amputada, lo que ha dado pie a que se le llamara con abusiva frecuencia “ el manco de Lepanto” y “ el manco sano”.

 

Tomó, también, parte en las batallas de Navarino, Corfú, Túnez y la Goleta, y en todas ellas dio muestra de su valor. Volvió a Italia, y en Septiembre de 1576 se embarcó para España, junto con su hermano Rodrigo, provisto de cartas de recomendación de don Juan de Austria y del virrey de Nápoles, con la pretensión de que en pago de sus servicios se le nombrara capitán. El navío en que iba, llamado El Sol, fue atacado por numerosos piratas berberiscos, y apresados, fueron conducidos cautivos a Argel. Allí vivió en esclavitud Cervantes durante cinco largos años, trazando continuamente planes para su evasión y la de todos sus compañeros, y escribiendo.

 

Descubiertos sus intentos de sublevación y de fuga, Cervantes se declaró responsable de todo lo tramado, con la nobleza de carácter que le distinguía. Más fácil fue rescatar a su hermano Rodrigo que a él. Por él pedían 500 ducados de oro, cantidad que no podía pagar la familia; pero como en 1580 ofreciera el fraile redentor de cautivos Fray Juan Gil esos mismos 500 ducados de oro por otro que fue tasado en mayor cantidad, se aceptó , al fin, como transacción, el aplicarla a Miguel de Cervantes, y vióse éste libertado, precisamente cuando le tenían ya embarcado para trasladarlo a Constantinopla con su amo Hasán.

 

Se ha dicho también, pero en forma muy dudosa, si estuvo en Portugal y en las islas Azores; pero en 1582, lo más tarde, se asegura que estaba en Madrid, aunque en aquella época es cuando cree doña Blanca de los Ríos que tal vez estudió en Salamanca. Si así aconteció, de poca duración fueron los estudios, porque en 1584 consta que contrajo matrimonio con una dama de Esquivias, Catalina de Salazar y Palacios, y que pocos años después obtenía el empleo de Comisario del Proveedor de la Armada.

 

Con el sueldo de doce reales diarios, ha de entender en el acopio de granos, aceite, mulas y asnos para el servicio de las galeras. Rinde cuentas y las rinde mal, por lo cual es encarcelado más de una vez, mientras su situación económica es tan apurada que hasta el traje ha de comprarlo a crédito. Un día tiene la desgracia de “topar con la Iglesia”, como le dice a Sancho don Quijote, echando mano en el ejercicio de su cargo, de algo considerado como bienes eclesiásticos, y es excomulgado. Cambia más delante de empleo; es nombrado cobrador de impuestos atrasados en la provincia de Granada, y deposita buena parte de los cobros hechos por él en un Banco; pues bien, el Banco quiebra, y no pudiendo él pagar lo recaudado, es preso nuevamente. En tan penosa situación se hallaba en 1590, que solicitó uno de tres empleos que había vacantes en América. El empleo le fue denegado. En 1592, vende sin tener autorización para ello, cierta cantidad de trigo, y se le encarcela de nuevo. Aunque todos esos encarcelamientos fueron por poco tiempo y no parezca resultar de ellos nada contra su honradez, sino contra su habilidad y sentido práctico en asuntos económicos, Cervantes fue declarado cesante, arrastrando en Sevilla una vida paupérrima, aunque firmara un contrato para escribir media docena de comedias, debiendo cobrar por cada una cincuenta ducados.

 

En 1603 es llamado a Valladolid para que se defienda en la causa que se le sigue por desfalco al Tesoro; pero tiene la suerte de que el viaje sirva para hallar un editor que se encarga de publicar El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, la obra genial que ha logrado escribir, luchando con los mil azares de su vida. El editor es Francisco Robles, que obtiene el privilegio de publicación en 1604, y en 1605 aparece el libro en Madrid.

 

Decíase antiguamente que la obra fue escrita en la cárcel de Argamasilla de Alba. Ya hoy se pone esto en duda indicándose que si el libro “fue engendrado” en una cárcel, sería ésta más bien la de Sevilla. Precisamente es en este año de 1605, en que todo el mundo se entera del nacimiento de Don Quijote y de Sancho Panza, destinados a no morir jamás, cuando Cervantes es detenido nuevamente e ingresa en prisión preventiva por aparecer envuelto en un proceso por la muerte violenta de don Gaspar de Ezpeleta en Valladolid, una noche, en la calle cercana a la casa donde vivían Cervantes , su familia y la del historiador Garibay, quienes prestaron auxilio al moribundo. Éste, antes de fallecer dijo que fue herido en desafío con alguien a quien no conocía.

 

En 1608 Cervantes vive en Madrid; En 1610 pide al Conde de Lemos, nombrado virrey de Nápoles, que le lleve consigo; pero éste prefiere a los hermanos Argensola y a Mira de Amescua, y una vez más prueba el inmortal novelista la amargura del desengaño. Existencia como aquella, tan escasa en dichas y tan rica en desdichas, hubiera quizá agriado el humor de quien no tuviera el alma grande y generosa, la bondad y el sentido de la ironía que en tan alto grado tuvo Cervantes, y que le permitió conservarse con noble y elegante sonrisa hasta pocos días antes de “poner ya el pie en el estribo” como él indica, para emprender el último viaje.

 

El continuo, el triste contraste entre los alocados sueños de la fantasía y los desengaños de la realidad, le sirvieron sólo de acicate para crear la más famosa novela de España y de todo el mundo: el Quijote. Por esta sólida, indestructible base de sustancia propia puesta en su obra, como señala Ramón D. Perés, puede explicarse aquella frase de Saint Evremond que García Arrieta recordó: “Admírome de cómo en boca del hombre más loco de la tierra halló Cervantes medio de mostrarse el más cuerdo y entendido, y el mejor conocedor del mundo que puede imaginarse”. El autor era maestro en sueños y en desdichas: en el fondo de sus carcajadas se escondía, quedaba disimulado, un sollozo. Por ello con El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha se hermana tan bien “ El Ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes Saavedra”, como acertadamente le llamó Navarro Ledesma a su obra sobre el inmortal novelista.

 

El Quijote, la novela acaso más original e influyente de la literatura, es también, en palabras de Andrés Trapiello, una de las menos leídas por los lectores españoles e hispanohablantes, abrumados o desalentados por la dificultad de un castellano, el del siglo XVII, más alejado ya del nuestro de lo que se cree. Por ello el citado autor ha hecho una edición “clara” de la novela en la que no haya “nada que resulte difícil”, para que, como decía el bachiller Sansón Carrasco, los niños la manoseen, los mozos la lean, los hombres la entiendan y los viejos la celebren.

 

Tal día como ayer, el 23 de Abril de 1616, moría Cervantes en Madrid, precisamente el mismo día y año – aparentemente, al menos, pues los calendarios eran distintos - , en que murió Shakespeare. Éste moría rico, a los 52 años, y aquél pobre, a los 68 años largos. Uno era inglés; el otro, español. Sus restos descansan para siempre en el Convento de las Trinitarias de Madrid. La Real Academia Española le dedicó una lápida el pasado año con el siguiente epitafio: “Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). “ El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir” ( De la obra “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, 1616).

 
 
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