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Domingo, 15 de mayo de 2016

Recordando a Cela en el centenario de su nacimiento

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Si a usted le gusta la lectura y se interesa por los autores españoles del siglo XX en general, y por los novelistas en particular, haga un pequeño ejercicio de curiosidad investigadora. Acérquese a cualquier librería y compruebe si la obra de Camilo José Cela está en las estanterías, y en caso afirmativo de cuántos títulos dispone. Se llevaría un disgusto. Si esto no es suficiente, pregunte a la juventud desnortada, descreída, protestona de” révalidas” y para la que leer no es un placer sino un castigo, si conoce quién fue Cela – más de uno diría que es un jugador de fútbol – o si sabría apuntar alguna obra de don Camilo. Vana esperanza.

 

Decía Cyril Connolly que al morir un escritor, su recuerdo se hunde en el vasto océano, arrastrado hasta el fondo por el peso proporcional a su fama. La cita es aplicable en cierto modo al maestro de la prosa española, Camilo José Cela, del que el pasado jueves, día 11, se cumplían cien años de su nacimiento en la pequeña localidad de Iría Flavia, perteneciente al municipio de Padrón en La Coruña, y que ganó en la Edad Media (S.IX) su cuota de reconocimiento al ser el lugar donde, según la tradición, apareció el sepulcro del apóstol Santiago.

 

Ciertamente, Cela no dejó a nadie indiferente. Podemos odiarle o podemos ser “celistas” hasta la muerte. Me decía un amigo que él admiraba al ilustre gallego en la misma proporción que otros le odiaban. Porque D. Camilo, Premio Nobel de Literatura en 1989, era un compendio de arrogancia, insolencia, machismo ofensivo, tal vez porque en el fondo tenía una necesidad pueril de éxito y en ocasiones, se comportaba como un “niño grandote” al que había que reírle sus ocurrencias.

 

Para muchos de sus detractores, el problema de Cela era su identificación con una España y una manera de entender la cultura muy cercana al poder y a la Dictadura franquista, pues no en vano había luchado en el bando nacional y además fue censor durante el Régimen. Sin embargo son argumentos que hoy en día , 14 años después de su muerte en Enero de 2002, resultan “apolillados” en palabras de Víctor del Árbol, el último Premio Nadal.

 

Camilo J. Cela con todos sus defectos era de recia personalidad literaria que el cuidó de exaltar frente al público, como hacían los primeros escritores del 98. Conoció pues, muy joven, la popularidad y la gloria literaria. Con 25 años , en 1941, publica su primera gran novela , La familia de Pascual Duarte, que simboliza el despertar de nuestra novelística contemporánea. Despertar que se realiza sobre la línea del “tremendismo”, donde la picaresca y la angustia existencial se dan la mano. Es un intento de introducir nuestra literatura en el camino de la actualidad europea, de la incorporación de una conciencia en el tiempo presente, tiempo del que España había estado aislada desde 1939.

 

La familia de Pascual Duarte no terminó con este aislamiento, pero inició el lento y largo proceso de recuperación mental y salvó a la prosa española de una descomposición que se encontraba ya a punto de culminar. Esta novela es, con una prosa rica y sencilla, lo bastante ágil para ser chispeante y alegre, y lo suficientemente precisa para dar de sí toda la carga anímica, terrible, tierna y amarga, fácil de entender para el gran público.
En 1951 publicaría su segunda gran novela ,La colmena en la que revela su capacidad de observación al describir determinados estratos de la sociedad española de la posguerra. Es la única novela larga en la que lo observado supera a lo imaginado.

 

Otras de distinto signo, y todas inferiores a La colmena, son: Viaje a la Alcarria (1948), Del Miño al Bidasoa (1952), Pabellón de reposo (1944) , Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953) y La Catira(1955) como ejemplos más notables.

 

En 1983, con 67 años publica Mazurca para dos muertos con la que obtiene el Premio Nacional de narrativa y en 1988 rebasados los 70 , Cristo versus Arizona. Sólo un año más tarde, en 1989, conseguiría el ansiado Premio Nobel de Literatura, siendo el quinto español de nacimiento en conseguirlo tras Echegaray, Benavente, Juan Ramón Jiménez y Vicente Alexandre.

 

En la obra “La Academia se divierte”, Sebastián Moreno escribe que, el día que a Camilo Cela le concedieron el Nobel, en una rueda de prensa improvisada un periodista le preguntó:” D. Camilo, ¿le ha sorprendido que le concedieran el Premio Nobel de Literatura?, a lo que Cela respondió sin inmutarse: “¡ Muchísimo!, sobre todo porque me esperaba el Premio Nobel de Física”. Fina ironía.

 

Además de ser miembro de la RAE. Cela obtuvo todos los premios más importantes que se conceden en España: el Cervantes (1995), el Príncipe de Asturias de las letras(1987) y el Planeta (1995) por su novela La cruz de San Andrés que por cierto le acarreó una polémica con la escritora Carmen Formoso, al acusar ésta a Cela, de plagiar su novela “Carmen, Carmela, Carmiña.

 

Su otra vocación, menos conocida, fue el cine, desarrollándola a lo largo de las década de los 40 y 50 al participar en varios films como guionista y actor. También hizo incursiones en el campo de la poesía y firmó innumerables artículos periodísticos, ensayos y los que él llamaba “apuntes” . En total publicó a lo largo de su vida más de 100 obras. Su última novela Madera de Boj, salió a la luz pública en 1999.

 

Camilo Cela está considerado el mejor prosista español del siglo XX y uno de los mejores a nivel mundial. En palabras de Umbral, “revolucionó la narrativa española a base de vanguardia, tremendismo, ternura, escatología y violencia”. Su nombre aparece en el nomenclátor callejero de muchas ciudades de España, en colegios e incluso Universidades. Y sin embargo, su obra escasea en las estanterías de las librerías como apuntábamos más arriba.

 

¡Qué contrasentido!

 

Raúl del Pozo decía sobre Cela:” ya llegará al cielo, pero todavía está en el purgatorio. Todos los escritores en España pasan por ese trance, es decir por el olvido, después de su muerte”. Esperemos que su estancia en el purgatorio (olvido) sea lo más breve posible. De otro modo sería una injusticia.

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