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Domingo, 5 de junio de 2016

“No mires hacia atrás con ira, ni hacia adelante con miedo, sino a tu alrededor con atención”

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Esta es una máxima que todos deberíamos aplicar en nuestra vida cotidiana, para afrontar, no ya el futuro con ilusión, sino también el presente, el ahora, que es lo que mueve nuestro comportamiento, nuestros actos y la toma de decisiones. Y precisamente hablando de adoptar nuestras propias resoluciones, en libertad y sin presiones externas, queremos centrarnos en la trascendental importancia que tienen las próximas elecciones para todos los ciudadanos de este país, y especialmente para los jóvenes.

 

Cierto es que las incertidumbres generan miedos, un sentimiento que algunas formaciones políticas, de la izquierda más radical, están tratando de utilizar para lograr las simpatías inicialmente y el posterior voto del denominado “electorado juvenil”, un colectivo muy importante y heterogéneo sobre el que todos los partidos políticos hemos fijado la atención en los últimos años.

 

Hay que tener claro que, si bien es cierto que las identidades ideologizadas ya no forman parte del común de nuestra sociedad, las fuerzas políticas deberemos apoyarnos menos en posiciones ideológicas y más en posiciones sociales. Ya no importa tanto lo que soy sino donde estoy, y en base a este paradigma, orientar las decisiones personales en función de situaciones concretas. Es decir, apoyo a un candidato o partido político porque en este preciso momento puedo llegar a considerar que es la única vía de mejorar mi actual situación.

 

Este sentimiento ha propiciado que muchos ciudadanos estén dispuestos a acoger e identificarse con todo lo que lleve la etiqueta de nuevo. Lo joven por lo joven o lo desconocido por desconocido no son garantía de nada. Por otra parte, lo que se presenta a veces como novedoso no lo es tanto como se pretende y solo es un envoltorio que quizá pudiera presentar alguna propuesta novedosas e incluso revolucionarias, pero también utópicas e irrealizables si se intentan llevar a la práctica, lo que nos puede conducir al desastre más absoluto.

 

Como demócratas y liberales siempre hemos creído en la libertad individual, como valor supremo; en el pluralismo político, como regla del juego y en el respeto a las ideas de los demás, como norma de conducta.

 

Tenemos amigos de izquierdas, discrepamos con ellos en muchos asuntos, pero sentimos un profundo respeto por las ideas, principios y valores que ellos defienden. Nunca llegamos a la descalificación personal ni hacemos planteamientos denigratorios de las ideas del otro. Pero existe otra izquierda, esa que a si misma se llama “progre”, que se ha ocupado de insistir e inculcar a los jóvenes de España una serie de estereotipos más falsos que una moneda de chocolate, pero muy fáciles de aceptar como verdaderos. Para ellos militar en el centro-derecha es sinónimo de ser un facha, un capitalista y un retrógrado. Un enemigo del progreso, en definitiva, un ser a extinguir por representar un peligro para la civilización.

 

No deseamos la extinción política de nadie, aunque ellos sí la del Partido Popular y la de millones de ciudadanos que comparten más o menos nuestros principios y valores. ¿Son estos los verdaderos demócratas? ¿De qué tipo de democracia? ¿De la democracia que expide certificados de demócratas sólo a aquellos que acaten sus principios?

 

Pues francamente entre “su” democracia excluyente, basada en la irreverencia y en la falta de respeto al contrincante político, que desprecia las reglas del juego cuando no le interesan, las del Estado de Derecho en el que vivimos, y que practica el insulto y hasta la violencia en ocasiones y que además fomenta el odio y el enfrentamiento, preferimos la democracia del consenso, la de la sana discrepancia, la de la defensa de los derechos esenciales de las personas.

 

La pérdida de ese espíritu conciliador, de ese respeto mutuo que sirvió para construir el edificio constitucional que a todos nos ampara es sin lugar a dudas la consecuencia más grave de este tiempo de frentismo y revanchismo que algunas formaciones políticas están fomentando.

 

Tenemos que ser todos muy conscientes, especialmente los jóvenes, de cuáles son los partidos que han sido más congruentes con las causas de las grandes mayorías en la historia de nuestro país, quien tiene las mejores credenciales para afrontar situaciones de crisis o periodos muy complejos, quién impulsa actuaciones para generar desarrollo y progreso, quién defiende mejor los intereses nacionales y nuestros recursos estratégicos, en definitiva, quién da la cara. Por eso defendemos que hoy en España lo verdaderamente revolucionario no es ser de izquierdas sino ser liberal o de centro derecha. El progreso no se genera por sí mismo, el progreso se hace andando, no cae del cielo y además el bienestar nace, no pocas veces, del sacrificio, de la austeridad y la buena gestión de los recursos.

 

Por eso es preciso apoyar al Partido Popular para que termine la tarea que inició. Un trabajo durísimo, a veces incomprendido pero imprescindible para salir de crisis en la que otros nos dejaron y mantener la senda de la recuperación iniciada. ¿Qué les deparará el futuro a nuestros jóvenes si España no se encuentra estabilizada y saneada en el momento en el que accedan al mercado laboral? El caos, la desesperación, la frustración, la apatía y el desconcierto.

 

Las utopías son muy bonitas e incluso románticas como ideas. Pero hablamos del mundo real, de gestionar este país durante los próximos cuatro años, hablamos de credibilidad, de crédito internacional, de solvencia y de confianza. ¿Quién creen de verdad que puede gestionar favorablemente esta coyuntura? ¿El PSOE que pilotó la crisis? ¿Podemos con sus proyectos inviables? ¿Ciudadanos que es sólo marketing?

 

¿Qué imagen queremos dar ante el mundo, que nos observa atentamente? Se impone por tanto que cada uno hagamos nuestra reflexión personal sobre la trascendencia de estas elecciones, sobre lo que queremos para nuestro país y para el futuro de nuestros hijos. Nos jugamos mucho, demasiado, pero al menos los hombres y mujeres del Partido Popular, asumiendo nuestros aciertos y errores, no compartimos esa ira ni ese miedo. Muy al contrario, somos ahora más que nunca la esperanza que España y Ceuta necesitan para seguir avanzando. Piensa muy bien a quien das tu apoyo en las urnas. Tu futuro, nuestro futuro, depende de ello.

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