Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Martes, 7 de junio de 2016

La destrucción del Amazonas

Guardar en Mis Noticias.

El pasado domingo se celebraba el Día Mundial del Medio Ambiente, una efeméride anual auspiciada por Naciones Unidas, y que tiene como objetivo inspirar a todos los habitantes del planeta Tierra a tomar medidas para evitar que la creciente presión sobre los sistemas naturales del mismo llegue a su límite. El tema sobre el que se ha querido insistir este año ha sido la lucha contra el comercio ilícito de fauna y flora silvestres que erosiona la rica biodiversidad, llegando a provocar la extinción de especies enteras y socavando los ecosistemas existentes.

 

Un ejemplo, - no tiene publicidad en los medios de comunicación-, que a día de hoy pasa desapercibido para el ciudadano corriente, más preocupado por otros aspectos medioambientales como la contaminación atmosférica o la creciente utilización de las energías renovables en detrimento de las energías más contaminantes, es sin duda alguna la destrucción del Amazonas.

 

Cerca del 60 % de la selva amazónica, el mayor pulmón verde del planeta, podría desaparecer en las próximas décadas, como resultado de los gases del efecto invernadero y la deforestación masiva.

 

La región amazónica es un gigantesco ecosistema de selvas tropicales sobre una extensión de casi 7 millones de kilómetros cuadrados. Una red fluvial de 100.000 kilómetros conforma la cuenca del río Amazonas, que depende de la existencia de la selva, porque el 50% de las precipitaciones en esta región se producen a causa de este sistema forestal.

 

Al aumentar las emisiones de dióxido de carbono se contribuye más al cambio climático, éste a su vez reduce la humedad de la selva, haciéndola más vulnerable a los incendios, que a su vez, emiten más dióxido de carbono generando un devastador círculo vicioso.

 

Del total de emisiones de carbono a la atmósfera se calcula que el 20% proceden de la pérdida de selvas tropicales. Brasil, con 400 millones de hectáreas de Amazonas, es el país del mundo que cuenta con la mayor extensión de selva, pero también es el cuarto del mundo en emisiones de gases invernadero y el 75% de las emisiones brasileñas proceden de la deforestación.

 

A partir de 2003, cuando en Europa se debatía sobre la enfermedad de las vacas locas, aumentó la demanda de grano para pienso animal, experimentando un gran auge el avance de la soja sobre la selva amazónica tras la ocupación y destrucción de prácticamente toda la reserva del centro-oeste brasileño.

 

Los desalojos violentos de comunidades de campesinos, la mano de obra esclava y los conflictos sociales por la tierra fueron cada vez más frecuentes. Solo en el período 2004-2005 se deforestaron 1,2 millones de hectáreas de selva para cultivar soja. El estado de Mato-Grosso se convirtió en el más productivo en soja y también en el campeón de la deforestación y los incendios en 2003, con un 48% del total.

 

En la mayoría de los casos se produjo la expulsión de los pequeños agricultores (algunos a la fuerza) de sus propias tierras, que pasaron a incorporarse a las haciendas cultivadoras de soja como mano de obra barata.

 

Quienes vendieron sus terrenos acabaron asentándose en las periferias de los grandes centros urbanos, agravándose rápidamente el proceso de “favelización” de las ciudades. Pero también fueron frecuentes los ataques, con amenazas de muerte y con destrucción de la propiedad, a las familias que se negaron a vender.

 

Por otra parte la avidez de las compañías madereras ha provocado numerosos litigios. En 1998 el Parlamento brasileño denunciaba que 72 reservas de indios habían sido invadidas por leñadores de las compañías extranjeras, que habían aprovechado que el Estado no contaba con suficientes funcionarios para vigilar tan vasto territorio.

 

En enero de 2007 se estimaba que la Amazonia brasileña había perdido, tan solo en los últimos 40 años, un 17% de su extensión, lo que equivale, por ejemplo, a un territorio más grande que el ocupado por Francia. Y a pesar de que para entonces, Brasil había logrado reducir en un 50% el ritmo de deforestación, en diciembre de 2007, un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, World Wide Fund For Nature) advirtió que el cambio climático podría acelerar inexorablemente la destrucción del Amazonas.

 

El citado informe añadía que, si persistían los métodos agrícolas y ganaderos existentes y continuaban los incendios, las sequías y la tala masiva de árboles, el 55% de la selva amazónica habrá desaparecido o estará gravemente dañada en el año 2030.

 

La destrucción del pulmón de la Tierra -que absorbe dióxido de carbono y emite oxígeno- provocaría la emisión de entre 55.000 y 95.000 millones de toneladas de dióxido de carbono, equivalente a los gases de efecto invernadero emitidos en todo el mundo en dos años. Eso provocaría a su vez que otro 4% de la selva desaparecería debido a que el cambio climático reduciría las precipitaciones en un 10% en los próximos años.

 

Así pues de no ponerse remedio ya, no solo sería un desastre para los millones de personas que viven allí -de hecho la agresión por parte de los ‘garimpeiros’ (mineros brasileños) sobre la población de los indios yanomami, pasa por ser un genocidio en toda regla-, sino que la estabilidad del clima mundial se vería afectada gravemente.

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
El Pueblo de Ceuta • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados