Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Sábado, 16 de julio de 2016
AÑORANZAS CEUTÍES

Inolvidable Apolo en el centenario de su apertura

Guardar en Mis Noticias.

No sabría decir el porqué. O tal vez sí. Es nostalgia, añoranza eterna que no se desvanece a pesar de que ya han transcurrido muchos años del cierre del Apolo, en 1969, tal como ocurriera con otras cines : Astoria, Avenida, Terramar, Cervantes y el África, este último en 1999.

 

En realidad hace mucho tiempo que estamos huérfanos de salas cinematográficas tradicionales y con historia. No queda ninguna. Lo que hay ahora con la moda de los multicines nada tiene que ver con lo de épocas pretéritas.

 

Son salas asépticas, funcionales, que carecen de encanto. Por eso, cuando paseo por el Revellín, lanzo siempre una mirada cargada de nostalgia a lo que queda del que fuera teatro y cine Cervantes y, unos metros más arriba, en Camoens, contemplo la fachada del edificio que albergó en su día al también teatro y cine Apolo. O tal vez habría que llamarlo Salón Apolo, que es como se conocía cuando fue inaugurado el 16 de Julio de 1916, hace ahora un siglo, en el contexto de una España donde la monarquía de Alfonso XIII era presa de sus propias contradicciones y que desembocaría, al año siguiente, en la conocida crisis de 1917.

 

El Apolo Cinema, que era el nombre que lució en su fachada principal, la que daba a la calle Camoens, era en realidad un teatro que rivalizaba con el Cervantes y nunca le quedó a la zaga. El edificio, construido con planos del arquitecto municipal, el rondeño Santiago Sanguinetti, autor también de los del Cervantes, sigue el modelo de los pequeños teatros italianos con escaso lujo exterior. De planta rectangular, constaba de dos espacios; la planta baja o platea a modo de sala hipóstila , rodeada de columnas, que se estrechaba hacia el escenario con los palcos, y en la superior el anfiteatro en forma elipsoidal con doce delgadas columnas soportando la techumbre.

 

La entrada al patio de butacas se realizaba desde la calle Camoens, a través de un amplio vestíbulo que lucía un biombo rojo cuya finalidad era separar a los espectadores que esperaban la siguiente función, de los que iban desalojando la sala una vez acabada la sesión anterior.

 

El Apolo tenía un coqueto escenario presidido en su parte superior por un esbelto relieve de forma circular, a modo de clípeo, del mitológico dios Apolo protector de las Artes. La pantalla estaba cubierta por un doble cortinaje: un hermoso telón rojo que cuando se abría lentamente dejaba paso a otro más sutil de color blanco donde se proyectaba en diapositivas la publicidad entre función y función. ¿Quién no recuerda los anuncios de Casa Ros, Óptica Zurita, los relojes Cauny , Certina, Dogma, o el de Norit el borreguito y el Gran Vino Sansón, finalizando con el nombre de Publicidad Manin? . Existía también detrás del escenario un cuarto de luces y nueve camerinos para los artistas en las ocasiones requeridas.

 

En cuanto a capacidad se refiere, el Apolo no podía competir con el Cervantes que llegó a tener 1054 localidades. Las cifras en este caso eran más modestas. Contaba con 520 butacas en la platea, más los aproximadamente 250 de madera de la zona de General y los 72 de “balconcillo”.

 

El mayor problema que tenían los espectadores que acudían a esta Sala, eran las columnas de sostén del edificio que dificultaban la visión del escenario y/o la pantalla cinematográfica según la ubicación que tuviera el potencial usuario. Sin embargo, aquello no suponía ninguna traba a la hora de llenar el aforo del cine cuando se estrenaba una película de postin, léase “Flecha rota”, “El caballero negro”,” Currito de la Cruz”, “La mujer y el monstruo”, o las del insuperable Cantinflas. Uno de sus primeros éxitos cinematográficos fue el estreno el 22 de noviembre de 1916, cuatro meses después de su inauguración, de la película “Rocambole”.

 

Cuando llegó la moda del cinemascope, en la segunda mitad de la década de los 50, que exigía una pantalla de mayores dimensiones, fue el Cervantes quien tomó la delantera con el estreno de La Túnica Sagrada. El Apolo, en principio, no estaba preparado para el nuevo formato que exigía además una lente especial para el proyector y un equipo de sonido estereofónico. Pasado un tiempo se amplió la pantalla a costa de “robarle” al escenario parte de sus cortinas laterales para de esa manera cumplir con las medidas que exigía el cinemascope.

 

En sus primeros años de vida, el Apolo se especializó en la representación de obras de teatro, musicales y festivales artísticos. Por su escenario pasaron, en sus mejores épocas, artistas tan conocidos en el mundo del espectáculo como el tenor aragonés Miguel Fleta y las figuras de la canción española como Estrellita Castro o Imperio Argentina y, más tarde, en la década de los sesenta, Juanita Reina, Lola Flores y un jovencísimo Raphael que se había dado a conocer en el Festival de Benidorm en 1962 con el tema “Llevan”. Todos ellos agotaron las localidades a la venta, cosechando un gran éxito.

 

No acabó aquí la actividad del Coliseo desaparecido. También sirvió de espacio para multitud de eventos de carácter local: festivales de fin de curso de centros docentes, actos organizados por el Ayuntamiento, actuaciones de artistas locales etc.

 

El Apolo, tal como le ocurriera al Cervantes, Astoria, Avenida, por poner unos ejemplos, sucumbiría también al cambio de hábitos de los ceutíes desde finales de la década de los 60. A todos los mató lentamente la televisión , más tarde el video doméstico y, por qué no decirlo, la reducción de la guarnición militar que se agravaría precisamente en esos años, y que supuso una pérdida potencial de espectadores bastante significativa.

 

De aquél viejo teatro y cine aún quedan en pie algunos recuerdos: el relieve de Apolo que lucía en lo alto del escenario y que se encuentra actualmente en el interior de la cafetería de su nombre; la fachada remodelada de la calle Camoens donde se ubica un establecimiento de modas , y un busto también dedicado a Apolo, obra del escultor Bonifacio Löpez Torvizco y que luce ausente en la entrada a la calle González de la Vega, con una placa donde se dice que el Apolo cerró sus puertas en 1969.

 

No obstante, en la fachada oeste , la que mira precisamente a esa vía, hoy peatonal, sobrevive la pequeña puerta que servía de acceso, a través de una estrecha escalera, a la planta donde estaban las localidades de general. ¡Cuántas historias podrían contar sus peldaños de acceso!

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
El Pueblo de Ceuta • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados