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Martes, 26 de julio de 2016

Presente y futuro del debate ideológico

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Es tiempo de recordar que la política no tiene la capacidad de hacer a todos los hombres felices, pero sí puede hacerlos desgraciados. No faltan ejemplos en la historia. Cuando la política desborda su cauce liberal y cae en la tentación de invadirlo todo con falsas promesas de felicidad, se convierte en el arma de los programas totalitarios.

 

Decía un profesor inglés, Bernard Crick, que “uno de los riesgos más grandes que corren los hombres libres es el de aburrirse de las verdades establecidas”. Se trata de una reflexión que ilustra muy bien la relación que hoy mantienen las sociedades occidentales con los valores e ideas en los que se asienta su sistema de libertades y de bienestar.

 

Durante años hemos dado por descontada la estabilidad política y la prosperidad de nuestros países. Y ello nos ha llevado a incurrir en el error de confundir nuestro régimen de libertad y cohesión social con una suerte de regalo que hemos recibido graciosamente.

 

Hemos perdido la tensión ideológica que nos obligaba a redefinir en cada generación los términos del contrato social que fundó nuestras sociedades en la posguerra. Hemos descuidado la tarea de actualizar y traducir ese contrato en nuevas ideas que sintonicen con los tiempos manteniendo intacto su fondo conservador, liberal y social. Y ahora que el sistema se resiente y los populismos emergen por doquier, nos encontramos inermes intelectual de malestar; que exige nuevas expectativas; que debe afrontar desafíos intergeneracionales de los que dependen el futuro del bienestar, del empleo y de los proyectos de realización personal y libre.

 

¿Cuándo comenzamos a descuidar nuestras ideas y a no defender nuestras políticas?. Me atrevo a decir que el colapso del comunismo, la desaparición del contexto de la Guerra Fría y el llamado fin de las ideologías nos produjo la ilusión de haber detenido, efectivamente, el reloj de la historia. En algunos produjo incluso la ilusión de poder prescindir de la política misma.

 

Tras la caída de los últimos cascotes del Muro de Berlín ningún sistema parecía estar en condiciones de rivalizar con el binomio formado por la democracia liberal y la economía de mercado. Al mismo tiempo, la democracia liberal no solo parecía el mal menor. Al contrario, se convirtió en la doctrina filosóficamente deseable: el punto de llegada irreversible en la evolución ideológica de la humanidad.

 

Sin embargo, el aire triunfal que presidió la victoria de la democracia liberal sobre las llamadas democracias populares de puño comunista nos hizo perder de vista el carácter contingente y mudable de los sistemas políticos.

 

Las ideas sobre las que se fundaba nuestro sistema de libertades occidentales dejaron de ser principios vivos, activos y conectados con las razones históricas que las vieron nacer. Se convirtieron, de la noche a la mañana, en consignas repetidas sin sentido, vacías, sin vida e incapaces de animar una política con mayúsculas.

 

Solamente hace falta echar un vistazo a la política española y mundial que nos ha dejado el escenario posterior a la crisis económica, para caer en la cuenta de que el sistema de libertades que disfrutamos en el marco de la democracia liberal y representativa no es un punto de llegada sin retorno.

 

El florecimiento de discursos populistas y nacionalistas y el éxito electoral de los partidos que los defienden, nos debería servir de advertencia para entender que nuestro sistema de libertades no es un regalo, ni un mero suceso natural. Muy al contrario, debería ser el acicate para entender que nuestro sistema de libertades ha costado conseguirlo y requiere de un esfuerzo constante y sostenido para defenderlo.

 

Y algo más. El escenario político actual debería servir para advertir de que los viejos demonios de la política europea siguen vivos. Se esconden detrás de nuevos y sofisticados lenguajes y se alimentan de la desafección que ha dejado la crisis económica, política y social. Pero su objetivo y su carga antiliberal siguen siendo las mismas.

 

Aunque resulte muy entretenido volver una y otra vez sobre el microanálisi electoral, sería preferible no dejar que los árboles nos impidieran ver el bosque. Hoy en Europa y en España, se han asentado la libertad, el Estado de derecho y el progreso económico. Demostrando que la libertad puede parecer frágil, pero es indigesta para los que quieren acabar con ella.

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