La ceutí musulmana que se hizo enfermera en plena dictadura
DÍA DE LA MUJER
Anisa Milud burló los prejuicios y completó sus estudios a principios de los setenta, trabajó en un hospital madrileño y regresó a Ceuta, donde ahora es una ‘Mujer 10’
Anisa Milud Ali (1955, Ceuta) recuerda que fue un 14 de febrero de 1977 cuando comenzó a trabajar en el Hospital del Estado, ubicado en el madrileño barrio de Salamanca. Hasta allí se había dirigido días antes para dejar a mano su currículum. La directora del centro sanitario, una monja, le preguntó si era española. “Somos musulmanes, pero con nacionalidad española”, le respondió ella refiriéndose también a su marido, Amar, con el que acababa de casarse a la edad de 21 años. Las exitosas notas que sacó en tercero de carrera facilitaron que le pudieran por delante un contrato de interina, para cubrir una baja.
Cree que “nunca” ha tenido que sufrir situaciones de “racismo” ni en la capital ni, posteriormente, en la ciudad autónoma. Pese a ser una joven mujer musulmana en la España de la dictadura. A principios de los años 70, con Franco aun disponiendo y tras pasar por la secundaria con pocas compañeras de su mismo sexo, decidió ir a una Escuela de Enfermería, en Granada, lejos de su casa y su familia. Esta última -en especial, su abuela, con quien vivía-, pese a acoger la noticia con temor, avaló la decisión de Anisa.
Han pasado 43 años desde que inició su carrera profesional, que ha podido compaginar siempre con su faceta como madre, y este 2025, cinco años después de jubilarse, su ejemplo discreto y anónimo será ensalzado públicamente. Anisa Milud es la nueva ‘Mujer 10’ del Partido Popular, que cada año escoge a mujeres que han dejado una huella significativa en sectores profesionales o sociales, con motivo del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo.
Deberá recoger el galardón el próximo lunes, día 10. Preparará un discurso sin muchos adornos, centrado en resumir la historia de su vida. Relatará que “siempre” ha dado todo lo que ha podido en su trabajo, que ha sido “constante, muy responsable, muy compañera de los compañeros”, a quienes considera “una familia”. Con ellos sigue en contacto telefónico, sale a “tomar café” y no ha dejado de apuntarse a las “comidas de jubilación”.
“Mira, es que hay muchas compañeras a quienes podéis premiar. Si queréis dar el premio a una sanitaria, hay otras enfermeras, médicas…”, cuenta Anisa que le respondió a quien, al otro lado del teléfono, acababa de comunicarle que el PP la había elegido como ‘Mujer 10’ de Ceuta. “¿Cómo es que se fijan en mí? Por dios”, pensó ella. “Hemos estado viendo varias personas y hemos decidido que este año te lo mereces tú”, concluyeron. “Pues nada, lo acepté. Qué iba a hacer”, afirmó la homenajeada durante una conversación mantenida con El Pueblo de Ceuta.
La buena estudiante
Anisa Milud era una “buena estudiante” del colegio que ahora lleva por nombre ‘Maestro José Acosta’. Vecina del Morro, recuerda que, por aquel entonces, era una de las pocas musulmanas de su centro educativo. Pasó después al instituto, donde se ubica el IES Siete Colinas, y de ahí decidió dar el salto a estudios superiores. Se había criado con su abuela, quien, protectora, recelaba, por temor, de que su nieta tuviera que abandonar Ceuta para estudiar.
En los primeros años de los 70’s, una compañera, María del Carmen Negrillo, y ella partieron hasta Sevilla para enfrentarse a un examen de acceso a la Escuela de Enfermería del Hospital Virgen del Rocío. Quienes lograban entrar y superar los tres años de estudios “salía con trabajo asegurado”. De unas 300 personas que se presentaban solo podían seleccionar a 30.
Tras examinarse, debían ser entrevistadas por el director del centro, cuyo nombre aún recuerda: “don Juan De la Rosa”. Tuvieron que llamar por teléfono a casa de una vecina suya, ya que en su domicilio carecían de fijo. Le comunicaron que no había sido admitida. “Porque usted no es española”, le argumentaron. Anisa tenía por entonces solo una tarjeta estadística expedida en Delegación del Gobierno para poder moverse por el territorio español.
No se rindió, y volvió a intentarlo en otra escuela, esta vez en Granada, donde sí fue admitida. Era junio de 1976 cuando concluyó su formación de tres años en la Escuela de Enfermería andaluza. Y a los pocos meses decidió casarse. Había conocido a Amar cuando era solo una niña. Ella tenía 16 y él 19 cuando iniciaron su romance, y tenía Anisa 21 cuando le dio el sí quiero. Han pasado 45 años, tres desde que él ya no está. “He tenido muchísimo apoyo de mi marido. Detrás de una mujer diez siempre hay un hombre diez”, reflexiona.
Anisa y Amar partieron hacia Madrid, donde él había conseguido un trabajo. Ella recorrió numerosos hospitales, currículum en mano, hasta entrar en el “Gran Hospital del Estado”, en el barrio de Salamanca. A tenor de sus notas, y tras resolverse la confusión sobre su nacionalidad, fue contratada como interina. “Era jovencísima. Iba aprendiendo de las auxiliares. Entonces eran ellas las que llevaban las plantas, hasta que las extinguieron. Conecté muy bien con las compañeras. Muchos médicos creían que era de Canarias. ‘Pues no, soy de Ceuta’”, narra entre risas.
Asegura que no sufrió racismo durante los tres años que pasó allí, aunque sí fue testigo de cierto “clasismo” al volver a su tierra, donde comenzó a trabajar en el ambulatorio de la Seguridad Social, donde se ubicaba el anterior SUAP, en Puertas del Campo. “Ese ambulatorio era un gueto, para gente muy conocida de Ceuta. Pero bueno, yo entro a trabajar y pienso ‘me haré amiga de todos’, porque soy una persona que se relaciona pronto. Y poco a poco me fui integrando”, cuenta, para después garantizar que no puede decir “nada malo” sobre sus compañeros o sus vivencias allí, porque “el 90% de la gente era buena”. Eso sí, con la “jerarquía” diferenciada entre los médicos y el resto de sanitarios.
Volvió a Ceuta en 1979 embarazada de su hija. Confiesa que no le fue difícil conciliar entre la familia y el trabajo, gracias a la “ayuda” que tenía de su abuela y su madre. Si le preguntan si alguna vez notó que tenía que esforzarse más que sus compañeros por el hecho de ser mujer, responde que no. “Sinceramente, no. Tenía mucho apoyo. También en la familia. Mi marido llevaba a los niños cuando les llamaban”. Trabajó durante 27 años en las consultas de Otorrinolaringología hasta que finalmente pasó a ser supervisora en las consultas externas de Atención Especializada, cargo que ostentó durante otros 18 años.
-¿Es necesario seguir conmemorando el Día de la Mujer?
- Por supuesto, y que las mujeres luchen. Que las mujeres sigan luchando. Desde mi humilde opinión, deseo que sigan luchando, porque yo también les apoyaré y les seguiré echando una mano hasta el último día de mi vida.
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