“No me parezco en casi nada al Guillermo Ríos que se fue de Ceuta”
CULTURA
El joven director, guionista e intérprete de teatro de origen caballa repasa su carrera artística desde que se fue a vivir y a estudiar a Granada, y destaca el teatro de lo absurdo como género preferido para crear
Además de monitor, Guillermo Ríos (29 años) es director de teatro, guionista e intérprete. Siempre llega a sus clases con dos objetos imprescindibles: un altavoz y una pelota. Según explica, "la música es fundamental, y la pelota es útil para hacer millones de ejercicios”. Estos elementos, que parecen simples, son parte esencial de su metodología teatral. “La música despierta el cuerpo al inicio de las sesiones”, comenta, añadiendo que no importa el género, ya que “tanto un reggaetón como un rock pueden despertar una sensación o un movimiento”. Ríos ejemplifica su variedad musical -desde Wisin y Yandel hasta Queen o Rocío Jurado-, clave en sus clases, puesto que lo importante es lo que provoca en los actores: una reacción física y emocional que les ayuda a conectarse con el proceso creativo. La pelota, en cambio, tiene un significado más lúdico, pero no menos importante. “Todo el mundo ha jugado con un balón en algún momento de su vida, lo ha pisado o lo ha lanzado”, afirma el director, que la considera una manera de hacer ejercicios “sin sentir la presión de estar haciéndolos”. La conexión entre el juego y el aprendizaje es uno de los pilares de su enfoque teatral.
Desde 2019, Ríos colabora con la Fundación Yehudi Menuhin, dentro del programa MUS-E, que utiliza el arte como una herramienta educativa en colegios e institutos de Ceuta. "Es uno de los proyectos que más centros tiene en toda España", comenta, y para él también es un espacio donde puede desplegar su enfoque interdisciplinar y creativo. Además dirige su propia compañía teatral en Granada, Zarigüeya Teatro, con la que ha montado tres espectáculos, dos de ellos presentados en Ceuta. En Granada se formó como actor, en la Escuela de teatro y doblaje Remiendo, de donde destaca su “enfoque integral”, con profesores en activo y una formación “muy completa” de tres años. Esta formación lo llevó a explorar el teatro desde perspectivas diferentes, alejándose de lo meramente textual. “En el teatro convencional, como el de Shakespeare, todo está basado en la palabra. En cambio, en el teatro que yo hago, el cuerpo, el silencio y las contradicciones juegan un papel muy importante”, sostiene.
Teatro de lo absurdo
Uno de los estilos que más le interesa a Ríos es el teatro del absurdo, un género que considera infravalorado o malinterpretado. “Mucha gente piensa que el absurdo es simplemente cómico o que no tiene sentido, pero va más allá”, comienza, añadiendo que el género “a menudo plantea preguntas sin resolver o conflictos que no tienen una salida lógica”. Cita ejemplos como la obra del rumano Eugène Ionesco, de quien admira su capacidad para crear situaciones aparentemente cotidianas que se transforman en algo surrealista. “En ‘La Lección’ –obra que él ha adaptado- tienes a un profesor, una alumna y una criada, todos personajes comunes, sin ninguna realeza o poder, pero la situación se vuelve completamente absurda”. En este sentido, también participó con Zarigüeya Teatro en la co-dirección de una adaptación de un sainete de los hermanos Álvarez Quintero, ‘Gumersindo y Apolonio’, en el que exploró una temática poco convencional para el teatro costumbrista: las relaciones amorosas entre dos hombres en un entorno rural.
Para Ríos, el teatro de lo absurdo ofrece una forma distinta de contar historias, donde "el conflicto estático es uno de los elementos clave". Para explicarse, recuerda una anécdota de su formación. “Un profesor nos puso un ejemplo sencillo: A y B están cenando. B se atraganta, pero A sigue comiendo sin reaccionar. B muere y A sigue comiendo. Y así se cierra el telón”, relata. Para Ríos, “la magia está en que las preguntas no se resuelven en escena”, por lo que “es el público quien debe reflexionar sobre lo que ha visto”. Este tipo de teatro obliga al espectador a participar activamente, a armar el puzle por sí mismo. “Es distinto a una obra como Hamlet, donde todo está más claro, donde el conflicto es explícito y sabemos por qué los personajes actúan de cierta manera”, añade.
En su carrera ha combinado este enfoque experimental con la divulgación científica, como Espacio 3, un proyecto del Instituto de Astrofísica de Granada: “Trabajé en una pieza sobre el movimiento, y era fascinante porque se mezclaban ciencia y arte en un formato accesible y entretenido para el público”, cuenta. Para Ríos lo principal para el teatro es precisamente el entretenimiento: “Hay gente que huye de esa palabra porque creen que es simple, pero yo creo que lo primero que tienes que hacer es captar la atención del público”, ya que si finalmente esto no ocurre, “todo lo demás que quieras contar se pierde”. Según el director, el teatro es una herramienta de reflexión, pero siempre debe empezar por atrapar al espectador y hacerle vivir una experiencia.
Precariedad
La conversación con Ríos profundiza en las barreras que enfrentan los actores y directores emergentes en el panorama teatral actual, por lo que describe con detalle la complejidad de encontrar un espacio en los circuitos profesionales del teatro que tienden a estar dominados por equipos ya establecidos y un funcionamiento casi hermético. “Es un círculo muy cerrado”, concluye: “Siempre trabajas con la misma gente, y cuando llegas nuevo, es muy difícil que te incluyan”. Este sistema cerrado ha llevado a muchos actores a apostar por proyectos independientes, una vía que para Ríos es tanto una solución como un riesgo. “Lo bonito de esta profesión es que te da la libertad para crear tus propios proyectos, pero también es agotador tener que ser tu propio productor, director y actor", confiesa. La constante búsqueda de visibilidad y el esfuerzo económico que implica sacar adelante un proyecto teatral a menudo pesan más que la satisfacción artística. “Terminas agotado, y no siempre llega el éxito que esperas, porque entrar en los grandes circuitos es casi imposible”, añade.
A pesar de los éxitos, Ríos es consciente de la precariedad en la que muchos artistas viven. “La realidad es que muchos de nosotros estamos constantemente peleando por mantenernos a flote”, sostiene. “Vives para el arte, pero también tienes que vivir del arte, y ahí es donde la cosa se complica”, reflexiona. A nivel personal, se muestra comprometido con la idea de que el arte, en cualquiera de sus formas, es una vía de escape y conexión para quienes lo practican. “El arte tiene el poder de desconectarte del mundo y al mismo tiempo conectarte con los demás”, señala. Por eso, anima a todas las personas, independientemente de su experiencia o habilidad, a involucrarse en alguna disciplina. "Practicar cualquier tipo de arte te ayuda a conocerte mejor, a liberarte de las presiones diarias y a crear algo que es tuyo”, sostiene, al tiempo que afirma que “te acerca a una comunidad con la que compartes una misma pasión".
En línea con el último taller, Ríos considera que en el teatro la salud mental “siempre está en riesgo” y que ese riesgo puede hacerte llegar a casa “destrozado”. No obstante, el teatro también le ha aportado muchas cosas a nivel humano y de crecimiento: “No me parezco en casi en nada al Guillermo que Ríos que se fue de Ceuta, y eso es en parte por lo que he ido haciendo”. Asegura que tiene “muchos estímulos” y estos lo han hecho reflexionar: “he leído más, me he movido más y hay semanas que voy tres veces al teatro”, concluye.
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